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Un Justo Gentil
Abraham Zylberman
A la memoria
de Raoul Wallenberg
Raoul Wallenberg descendía de una antigua familia
sueca, fundadora de un importante banco. Su abuelo fue diplomático
y representó a su país en China, Japón y Turquía.
Su padre, oficial de la marina real, murió joven y la educación
de Raoul estuvo a cargo de sus abuelos. Su infancia y adolescencia transcurrieron
felices y despreocupadas. Después de finalizar sus estudios de
Derecho en Francia, se volcó a la profesión de arquitecto,
viajando a Estados Unidos a estudiar. En 1935 se instaló en Suecia
como arquitecto, aunque seguía viajando con frecuencia. Poco antes
de la guerra, visitó Palestina y tuvo la oportunidad de familiarizarse
con lo que entonces era el tema central de la comunidad judía:
el proyecto de creación de un Hogar Nacional Judío. A partir
de esa visita, su identificación con la causa del pueblo judío
se intensificó. Con el estallido de la guerra, tampoco Suecia fue
un lugar apropiado para el ejercicio de la profesión de arquitecto,
debiendo Wallenberg cambiar de ocupación. Dedicado a los negocios,
empezó a dirigir una empresa de comercio internacional la «Mellaneuropeiska
Handells A.B.». Su socio, Koloman Lauer, un judío de origen
húngaro, se convirtió poco a poco en su íntimo amigo.
A partir de él, supo Wallenberg lo que estaba sucediendo con los
judíos europeos. En casa de Lauer conoció a un grupo de
judíos que habían huído de Alemania y de países
ocupados por Hitler y tuvo la ocasión de oir de ellos los relatos
de los horrores de las persecusiones. Wallenberg contaba además
con otra fuente de informaciones: su tío, el banquero Jakob Wallenberg,
tenía una estrecha relación con Carl Gordeler, ex alcalde
de Leipzig y uno de los jefes del movimiento alemán de resistencia
que preparó la conspiración del 20 de julio de 1944. En
1943 Gordeler fue a Estocolmo y entregó a Wallenberg un memorial
dirigido a Churchill que debla hacer llegar a Londres.
Raoul Wallenberg consideraba un deber ayudar a los perseguidos. La epopeya
de la resistencia danesa, que en 1943 logró trasladar a Suecia
a más de 6.000 judios, lo dejó profundamente marcado. En
ese momento, se convenció que tanto las notas diplomáticas
como las gestiones oficiales en favor de las vlctimas judías, eran
infructuosas y que si querfa tener éxito, debía quizás
arriesgarse más y violar la legalidad establecida.
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Raoul
Wallengerg por Peter Malkin |
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Cuando por efectos de la presión alemana sobre
Hungría la familia de Lauer comenzó a estar en peligro,
Wallenberg decidió ayudarla y salvarla. Al mismo tiempo, decidió
lo mismo para el mayor número posible de judíos húngaros.
Hablaba húngaro sin dificultades y Budapest le era conocida debido
a sus innumerables viajes de negocios. Pero toda clase de inconvenientes
surgieron en el momento de solicitar su visa. Además, se planteaba,
el cómo obtendría en Hungría los medios para hacer
las cosas con cierta seriedad. Las circunstancias le ayudaron a resolver
estas cuestiones paulatinamente. La War Refugee Board, entidad creada
por el presidente Roosevelt para socorrer a las víctimas de las
persecuciones raciales, considerando que la nacionalidad sueca era una
ventaja para estas actividades, encargó de sus asuntos en Estocolmo
al agregado de la embajada Ivar Olsen. Pronto Olsen, enterado de los objetivos
de Wallenberg, ideó un plan: destinarlo a la «sección
B», que representaba los intereses de la Unión Soviética
en Hungría, y proporcionarle abundantes recursos materiales.
El proyecto fue recibido por Wallenberg con entusiasmo, pero antes debla
superar una dificultad: no era diplomático de carrera. La inmunidad
diplomática le era indispensable, en especial después de
la entrada de las tropas alemanas en Hungría. Finalmente, después
de largas negociaciones, Wallenberg fue nombrado Secretario de la embajada.
Al comenzar julio de 1944, después de pasar varias semanas en el
Ministerio de Relaciones Exteriores para conocer la situación reinante
en Hungría, emprendió el viaje a este país. Era evidente
que su misión sería dificil y peligrosa. No se le podían
dar instrucciones precisas y habla que improvisar sobre el terreno. Le
fueron entregadas dos listas: una con los nombres de los políticos
con los cuales debía proceder con suma cautela y otra, con los
nombres de algunos judíos a los que debla intentar salvar primero.
Por propia iniciativa, la «sección B» de la embajada
sueca en Hungría ya habla otorgado 650 «pasaportes de protección»
a los judíos que podían probar un vínculo cualquiera
con Suecia. Este hecho provocaba conflictos con las administraciones húngara
y alemana, que se negaban a reconocer la validez de dichos pasaportes.
Desde su llegada a Budapest. Wallenberg comenzó a encargarse personalmente
de la concesión de los «pasaportes» y para ello creó
una «sección C». Hasta ese momento, los pasaportes
no tenían apariencia de serio, pues eran certificados y recibos
provisionales. Wallenberg los cambió, dándoles forma de
verdaderos documentos, con el agregado del escudo sueco y la foto del
titular, siendo él quien los firmaba. Por otra parte los concedía
a favor de los diferentes países representados ante el gobierno
húngaro por la embajada de Suecia. Poco tiempo después de
su llegada circulaban 5.000 documentos que autorizaban al titular a volver
a Suecia o a alguno de los siete países que ella representaba «cuando
la situación militar lo permitiera». Mientras tanto el poseedor
del documento quedaba bajo la protección de la embajada sueca.
La «sección C » de la embajada se convirtió
en el principal asilo de los judíos. Por otra parte, y siguiendo
este ejemplo estimulante, embajadas de países neutrales, la Nunciatura,
las iglesias de otras confesiones y la Cruz Roja comenzaron a extender
también certificados de protección. Era evidente queestos
documentos no concordaban con los usos y costumbres internacionales y
eran eficaces solamente si las autoridades locales hacían la «vista
gorda». Pero Wallenberg no estaba satisfecho con el otorgamiento
de estos salvoconductos. Personalmente se dedicaba a establecer relaciones
con las autoridades y los servicios administrativos húngaros e
incluso con los servicios alemanes, consiguiendo liberaciones. No ignoraba
la influencia de Adolf Eichmann sobre los integrantes del gabinete Sztojay
ni tampoco que las deportaciones continuaban desarrollándose en
las provincias. En el país se hablan dictado nuevas leyes antijudías
y continuaba la persecución de judíos por las calles.
Wallenberg consiguió una entrevista con Sztojay y logró
que éste rechazara un ultimatum alemán acerca de la deportación
de los judíos de Budapest. Incluso logró que personajes
influyentes de la vida pública, como Horthy, le prometieran su
colaboración para salvar a los judíos de Budapest. Cuando
los simpatizantes pro-nazis de «Cruces de Flecha » intentaron
tomar el poder, Horthy se les adelantó y nombró primer ministro
a Lakatos, con quien Wallenberg se entrevistó y le pidió
que despidiera a Eichmann y su estado mayor, y transfiriera a los húngaros
la administración de los campos de internación y trabajo.
El nuevo jefe de gobierno aceptó la sugerencia y la transmitió
al embajador alemán Veesenmayer, quien sorpresivamente le dio curso.
Debido a sus múltiples confidentes, Wallenberg estaba bien informado
de lo que ocurría con los judíos en Budapest y sabía
muy bien que la deportación no había sido anulada, sino
aplazada por temor a la reacción de los observadores neutrales
en la ciudad. Los alemanes segufan enviando a Auschwitz pequeños
convoyes, de los cuales Wallenberg solía a veces arrancar unas
cuantas víctimas ya en el andén.
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Pasaporte
Wallenberg original que se exhibe en la muestra "Imágenes
de la Shoá" en nuestro museo. |
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Un motivo de preocupación eran las redadas.
Wallenberg, con la autorización de su embajador, registró
como propiedad sueca y puso bajo protección de Suecia unos treinta
edificios de propiedad judía, donde millares de ellos encontraron
refugio. La respuesta alemana a Horthy no se hizo esperar. Su gobierno
fue destituido, el poder pasó a manos de Szalassy, jefe de Cruces
de Flecha y Horthy fue deportado a Alemania. Eichmann volvió a
Budapest y el gobierno declaró que los «pasaportes de protección»
carecían de valor. A partir de entonces los judíos vieron
restringidos sus derechos. Para esta época, el camino a Auschwitz
había sido cortado por el ejército soviético y Eichmann
organizó una marcha a pie de 25.000 personas, la mayoría
mujeres, hacia Viena. Miles murieron en el camino: de hambre, sed y fatiga.
Wallenberg los siguió con una caravana de camiones cargados de
alimentos y medicamentos, intentando separar de la columna con sus «pasaportes
de protección» a la mayor cantidad posible de gente. Pero
como la escolta era húngara, podía comprobar el tipo de
documentos de que se trataba y ello hizo fracasar sus intentos. Wallenberg
logró, con la ayuda de la baronesa Kemeny, esposa de! Ministro
de Relaciones Exteriores, que Szalassy reconociese sus pasaportes. A cambio
de esto, le había prometido la protección del gobierno sueco
una vez que los aliados ganaran la guerra.
A medida que los soviéticos se acercaban a Budapest, la ciudad
iba cayendo en el caos, el cual se agravó cuando partidas húngaras
y alemanas organizaban asesinatos colectivos en el parque de San Esteban.
Se estima que 15.000 judíos fueron muertos en tres semanas. El
15 de enero de 1945 entraron los soviéticos a la ciudad. Wallenberg
envió un emisario a su embajador pidiéndole permiso para
colocarse junto con sus protegidos judíos bajo los soviéticos.
Las comunicaciones con Estocolmo estaban interrumpidas y el embajador
lo autorizó bajo su responsabilidad. El 17 de enero se vio entrar
a Wallenberg a su despacho acompañado por un oficial y dos hombres
de la policía militar soviética. Recogió algunas
cosas, mandó llamar a su ayudante Muller y a su cajero Biro, a
quienes entregó dinero y les dijo que estaba bajo custodia de la
policía soviética y que con su amigo y chofer Langefelder,
se dirigla a Debreczen a ver al mariscal Malinowski. El mismo ignoraba
si debían considerarse o no prisioneros.
Después de eso, nadie volvió a ver a Wallenberg a pesar
de la esforzada búsqueda que se hizo. En julio de 1945 la comunidad
judla de Budapest le dirigió un mensaje por medio del ministerio
de Relaciones Exteriores sueco, en el que le comunicaba que el recientemente
reconstruido hospital judío, se llamaría Hospital Wallenberg.
Pero el mensaje no fue respondido. Más tarde se inauguró
un monumento en su honor en el parque San Esteban, obra del escultor Patzay,
representando a un atleta en combate con una serpiente y al pie, las hazañas
realizadas. En marzo de 1946, al regresar a Estocolmo la totalidad del
personal de la embajada en Budapest, la embajadasoviética en Hungría
confirmó al gobierno sueco que Wallenberg estaba bajo la «protección»
del ejército rojo. Su destino conmovió a la opinión
pública sueca y tuvieron lugar interpelaciones al parlamento, se
constituyó una «comisión Wallenberg», se propuso
su candidatura para el premio Nobel de la Paz y se hicieron infinidad
de gestiones diplomáticas ante Moscú, se envió a
Stalin una petición con más de un millón de firmas
solicitando su liberación. Pero durante más de diez años
el gobierno soviético dio siempre la misma respuesta: no sabía
nada de Wallenberg. Cuando después de la muerte de Stalin, comienza
el período de revisión de la política soviética,
Gromyko anunció en 1957 que un detenido llamado Wallenberg había
muerto de una crisis cardíaca en 1947 en la cárcel de Lubianka
en Moscú. Sin embargo, prisioneros de diversas nacionalidades liberados
posteriormente de las prisiones y los campos de concentración soviéticos,
aseguran que después de 1947 Wallenberg aún vivía
y algunos recuerdan haber hablado con él hacia 1950 ó 1951.
El misterio que envuelve el destino de Raoul Wallenberg, un testigo de
los trágicos días de la Segunda Guerra que desafió
victoriosamente a un sistema autoritario para ser solidario con su prójimo,
aún no ha sido develado. Su acción humana, valerosa, ayudando
a los judíos de Hungría le valió entrar en la galería
de los «Justos Gentiles del Mundo», aquellos gentiles que
desafiando todo tipo de peligro y exponiendo sus propias vidas, demostraron
que aún en los momentos límites, puede existir un profundo
sentimiento de solidaridad y humanidad. Honremos pues la memoria de todos
ellos...
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