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22 > Artículo
Shoá
y modernidad
Patricio Brodsky
*
“Considerar la barbarie moderna del siglo
XX exige el abandono de la ideología del progreso lineal. Eso no
quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente
portador de maleficios, ni tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie
es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial-capitalista
moderna, o de su copia ‘socialista’ burocrática.”
MICHAEL LÖWY. Barbarie y modernidad en el siglo XX.
La muerte deshumanizada, anónima, en serie, masificada, de
la Industria del Exterminio sólo es posible en el marco de una
sociedad como la capitalista, cuya piedra de toque es el trabajo enajenado
y donde ya existen condiciones para pensar este grado de deshumanización.
Como Marx relata en Los manuscritos económico-filosóficos
de 18441, debido al régimen de apropiación privada
de la riqueza, los trabajadores en la sociedad capitalista sufren un múltiple
proceso de enajenación (del producto de su trabajo, de su relación
con los demás y de sí mismos). Sobre la base de estos sujetos
que no se reconocen en los demás, que no se reconocen como “ser
genérico”, se construirá una sociedad de sujetos masificados,
una sociedad de “masas” en la cual los sujetos se “rasarán”,
perderán en la masa sus características particulares. Es
una sociedad cuya tendencia central se dirigirá hacia la desindividualización,
a la desubjetivación. Michel Foucault, a lo largo de su obra, también
nos mostrará como los sujetos son cosificados en una serie de características
que son registradas: sus movimientos medidos, codificados y cronometrados,
“taylorizados” (Frederick Taylor), inscriptos dentro de una
red de instituciones de corte burocrático-administrativas (la forma
de dominación más racional, según Max Weber); “la
tiranía de la norma”, los sujetos asimismo serán fragmentados,
despojados de sus saberes corporales; la “división social
y técnica del trabajo”, la cual creará al obrero colectivo
a partir de los obreros parciales (Marx), mientras que –por otro
lado– a los obreros concretos los fragmentará y cosificará
en estos obreros parciales, limitados a ciertos movimientos y operaciones
parciales, rutinarias y repetitivas, expropiándoles la capacidad
de autonomía.
No es casual que las mayores matanzas de la Historia moderna, los genocidios
de masas, se produzcan en un tipo de sociedad en la que el trabajo enajenado
y el taylorismo son prácticas estandarizadas. Los grandes crímenes
de obediencia (Kelman y Hamilton) no hubieran podido desarrollarse en
otro momento histórico anterior. Crímenes cuyo sujeto perpetrador
será un individuo corriente, enajenado y docilizado (Foucault);
esto es, sin autonomía. Este autor nos mostrará cómo
las técnicas de docilización aplicadas en las instituciones
de encierro de la modernidad han de ser irremplazables a la hora de “crear”
sujetos sumisos a la autoridad, capaces de obedecer los órdenes
jerárquicos hasta –y fundamentalmente– en situaciones
extremas. De esta forma, la modernidad –sin saberlo– fue construyendo
sus instrumentos genocidas en forma potencial, potencialidad que haría
eclosión como una cruel realidad en el siglo XX. La trágica
historia del siglo XX nos ha de mostrar cómo el sistema de encierro
de la modernidad (la escuela, el cuartel, la fábrica, etc.) ha
demostrado ser sumamente eficiente en su función disciplinadora;
esto es, en construir sujetos obedientes a la autoridad. Y esto lo logró
en tal grado que los sujetos disciplinados por este sistema, con increíble
facilidad se trocan de apéndice de una máquina en la producción
de mercancías en engranaje de una maquinaria de exterminio cuando
las circunstancias así lo exigen. Finalmente, la construcción
de sujetos enajenados produce –como un efecto no buscado, pero completamente
funcional al sistema de genocidios modernos– sujetos incapacitados
para reconocerse como ser genérico (Marx); esto es, incapaces de
reconocerse en el otro, mientras que –por otro lado– se produce
en ellos una capacidad de ejercer conductas autónomas puestos en
relaciones jerárquicas (Foucault, Milgram). En suma, la cosificación
generada por el trabajo enajenado, la ética capitalista construida
como ética de la obediencia, conducirá a la conformación
de sujetos que obedecerán las órdenes recibidas, sin interrogarse
acerca de las connotaciones morales de las acciones que se les ordena
implementar. Mientras dichas acciones sean emanadas de una autoridad legítima,
son consideradas válidas. El sujeto enajenado no se interroga ni
se cuestiona autocríticamente. Es un sujeto cuya capacidad de pensar
y obrar con autonomía sufrió una castración temporal
y relativa.
Modernidad
Existen, centralmente, dos maneras de pensar la relación Modernidad-Shoá.
Una de ellas plantea que la Shoá representará la irrupción
de la barbarie y la ruptura de la Modernidad; la otra, que la Shoá
es un fruto genuino del desarrollo de la Modernidad. Mi visión
girará en torno a esta segunda postura, en particular a las tesis
adornianas respecto a la barbarie moderna encarnada en la Modernidad y
a la idea de Herf en torno al “modernismo reaccionario”. El
Nacional-Socialismo fue la demostración palmaria del fracaso del
proyecto iluminista, o –al menos– de sus pretensiones universalistas.
Pretensiones limitadas por el propio alcance de la Razón entendida
como Razón Instrumental; esto es, una Razón apegada al frío
cálculo, a lo que Weber definirá como “acción
racional con arreglo a fines”. Despojada la Razón de inhibiciones
morales se rige por el “imperativo categórico” de alcanzar
sus fines sin límites éticos. La positivista dicotomía
sarmientina entre “civilización o barbarie” encontró
su superación sintética en Auschwitz. Allí, la “civilización”,
la Razón en su máximo despliegue, Razón Absoluta2,
se entrecruzó con la “barbarie” encarnada por la muerte
industrializada. El Nacional-Socialismo fue la expresión política
de una sociedad altamente cosificada, deshumanizada, masificada, una sociedad
planificada racionalmente por una Razón guiada por una Etica Absoluta;
esto es, quien no quede comprendido dentro de esa Etica de “los
iguales” pierde su derecho a “ser”. Sociedad conformadora
de subjetividades absolutamente involucradas en el proceso de producción
y reproducción de una ética sin moral. Legitimadora del
“yo” a partir de la negación del otro. Dominio de la
biopolítica3 vuelta “tanatopolítica”,
planificación estatal de la vida propia a través de la negación
de la vida ajena. La Shoá colocó a la modernidad ante el
horror de sus propios límites, coto hallado –por un lado–
en el interior de los hornos crematorios y las cámaras de gas,
mientras que –por otro– en la indiferencia y la desidia ante
el exterminio de la judería europea por parte de la llamada “democracia
occidental”.
La Shoá será la perenne advertencia moral acerca de los
límites materiales de la Razón cuando ésta se torna
Razón Instrumental. La pretensión universalista de la Razón
iluminista chocó con una fuerte limitación, la de formas
de racionalidad no subsumibles dentro de “La Razón”,
lo no “comprendido” por ella: la “barbarie”, los
“bárbaros”, los “irracionales”, la “Sin
Razón” (los nativos de Africa, Asia, América y Oceanía,
los locos, etc.), de la misma forma que los judíos quedaban fuera
del programa de la Ilustración. Desde su propio origen, las pretensiones
universalistas del programa iluminista se pueden entender como una proclama
de carácter exclusivamente ideológico, ya que la libertad,
la igualdad y la fraternidad proclamadas por éste sólo alcanzaban
a los “ciudadanos”. En lo que fueron “las colonias”,
en el trato otorgado a los nativos de otras regiones del mundo, se podía
apreciar fácilmente que los principios iluministasno los alcanzaban.
Desde su propio origen, la Modernidad contiene –dentro de sí–
la desigualdad, la injusticia y la intolerancia al alter. El proceso de
extrañamiento propio del nazismo, la enajenación del otro,
tendrá sus orígenes genealógicos en lo que denominamos
“exclusión universalista de la Razón moderna”.
Esta Razón intentará subsumir todo lo que tiene a su alcance,
y lo que no llegue a cubrir lo denominará la “Sin Razón”
(Foucault) y lo condenará al encierro disciplinario en el “gran
invento” de la era moderna: el Hospital General.
Michel Foucault, en su libro Vigilar y castigar, nos va a mostrar
cómo el sistema punitivo durante el absolutismo troca de ser un
régimen punitivo público –en el cual el poder real
se expresaba en la destrucción del cuerpo del reo– en un
sistema, una red institucional de secuestro donde se disciplina a los
cuerpos en el encierro vigilado, fuera de la vista del público
(ámbito privado). Se los “transformaba” en “cuerpos
productivos”. Para este fin se crearon una serie de instituciones
en toda Europa, que iban desde las Houses of Correction (Inglaterra, 1575),
las Workhouses (1670), los Alberghi dei Poveri (Italia, 1560), el Hôpital
Général (Francia, 1656), las Zutchthäusern (Alemania,
1620), etc. De esta manera, la sociedad disciplinaria construye cuerpos
(conductas y gestos). Este mismo será –en un primer momento–
el objetivo original del Lager nazi, en particular en los campos de reclusión
y de trabajo, ámbitos de disciplinamiento destinado a los arios
“desviados” (opositores políticos, criminales reincidentes,
etc.), mientras que –por otro lado– en ese espacio se entrenaba
(disciplinaba) a los propios guardias. El Lager se convirtió en
“la Etapa Superior” del Hospital General moderno. En este
sentido hemos de decir que Auschwitz representará el momento más
“sublime” de la difícil relación de la Modernidad
con lo que no queda contenido en ella. Auschwitz significó el pasaje
de la segregación disciplinadora almero exterminio.
Tal vez, el momento más obsceno en este proceso se produce cuando
se articulan el sistema capitalista (taylorista-fordista) de producción
de mercancías con la biopolítica de un Estado capaz de construir
–desde la fusión de ambos elementos– un sistema industrial
de exterminio, produciendo un salto tecnológico desde el genocidio
“artesanal” de los fusilamientos de los Einsatzgruppen ("Grupo
de tareas") al asesinato de masas industrializado (el sistema de
Lager). Este proceso de transformación –en mi opinión–
fue resultado de la concurrencia de factores internos (confrontación
político-ideológica al interior del nacional-socialismo)
y externos (distintas alternativas de confrontación durante la
guerra). La modificación del sistema de campos de concentración
en exterminio no fue un proceso espontáneo ni lineal, fue un lento
proceso con avances y retrocesos.
El sistema del Lager reinaugurará el espacio del encierro, fusionando
el resignificado suplicio absolutista con las diversas tecnologías
de encierro y subsumirá dentro suyo diversas instituciones disciplinarias
(el cuartel, la fábrica, el Hospital General, las Workhouses, etc.).
Dentro del Lager, el suplicio público (como forma de marcar la
Ley en el cuerpo destinado a ser destruido para disciplinar al resto de
la sociedad) deja su lugar a la muerte industrial, aséptica, anónima,
mientras que algunos campos de concentración eran también
campos de trabajo (forzado y esclavo); por ejemplo, en Auschwitz había
un complejo industrial, en el seno del cual se explotaba como esclavos
a los prisioneros. Guardando las distancias históricas, estas formas
nos recuerdan someramente a las Workhouses. La similitud entre el sistema
del Lager y la red de instituciones de encierro de la época absolutista
se debe a que en ambos casos la ideología era la posibilidad de
la “resocialización” de los “indeseables”
para cada sociedad (durante el absolutismo, la “Sin Razón”;
durante elNacional-Socialismo, los “asociales”). Ambas contenían
una fuerte carga autoritaria, que tendría su expresión en
la “expiación” a través del castigo. En ambos
casos, los sujetos “indignos” eran capturados por una sofisticada
red “jurídica” de secuestro, que los hacía “desaparecer”
de los ojos de la sociedad “normalizada”. En suma, lo que
para el sistema disciplinario de la época clásica (Foucault)
era la “Sin Razón”; esto es, todas aquellas categorías
de sujetos pasibles de ser “recuperados” para la Razón
(pasto de encierro y de trabajos forzados); en la Alemania nazi será
el grupo de los llamados “asociales”; esto es, sujetos destinados
a ser encerrados en el Lager para sufrir un proceso de desubjetivación-resubjetivación
como “cuerpos dóciles”. Espacio modelador de subjetividades,
de sujetos desubjetivados, cosificados en una masa uniforme; y del otro
lado, sujetos desubjetivados, vistos como objetos por los individuos masificados.
Por otro lado, gracias a la aparición de la biopolítica
y al desarrollo de tecnologías para la “manipulación”
de las poblaciones (Ingeniería Social) apareció el Imperio
del Tánatos, proceso de anonimación de la muerte; del asesinato
de masas, en serie, de forma anónima y rutinizada; la fábrica
de la muerte, el Campo de Exterminio. Cuerpos industrializados, mercantilizados,
confrontando con cuerpos docilizados. Ese fue el sistema nazi. Para ellos,
el cuerpo-mercancía era una materialidad, ya que el espacio del
no-ario se tornó –según su ideología tanática–
en materia prima de su industria de la muerte. Allí no se producían
mercancías, allí se fabricaba muerte en forma industrial.
En un punto del proceso de construcción del proyecto disciplinario
nazi, la ideología del Lager comienza a modificarse al concurrir
con necesidades de “higiene racial”, y se someterá
al dictat del proyecto biopolítico de Ingeniería
Social. De tal modo que junto a los campos de concentración y trabajo
aparecerá el producto más genuino del nacionalsocialismo:
el campo de exterminio.
A partir de ese momento, el concepto dominante será el de “salud
racial”. Y los definidos como “carga” para la sociedad,
los considerados como “Nuda Vida”4 (Agamben) –vida
que no merece ser vivida– por una ideología excluyente y
motivadora de un Estado biopolítico quedarán condenados
al lugar de “El Otro”. Ese lugar era el exterminio en las
cámaras de gas. Cuando reflexionamos sobre el proceso de cosificación
que sufrieron las víctimas en la mirada de los perpetradores es
muy útil reflexionar acerca de la “Economía del Cuerpo”
presente en la ideología nazi. Lentamente se fue objetualizando
a las víctimas, intentándolas despojar –poco a poco–
de sus bienes materiales y culturales para –finalmente – producir
el “último y gran” despojo: el de sus propias cenizas,
regadas sobre los campos como fertilizante, y el aprovechamiento industrial
de los cuerpos (dientes de oro, cabellos, cenizas). Los sujetos –de
esta manera– eran desubjetivados a tal punto que se tornaban mera
“materia prima” y –como tal– se los procesaba
en un taylorismo macabro. El Lager nazi, como sistema, representará
la originalidad inédita del espacio biopolítico, el reino
de la ética extrema, la negación absoluta de “lo alter”
redefinido como “Nuda Vida” (vida que no merece ser vivida).
Ethos tornado juez supremo, decidiendo qué vida merecerá
vivirse y cuál deberá ser segada. Un sistema doblemente
cosificador: en relación a la sociedad ‘aria’, a través
de la masificación anonimante; en relación con “lo
alter” (cuya máxima expresión fue “El Judío”),
en la negación de su carácter de sujeto y su objetualización
en el proceso de exterminio anónimamente masivo.
Los procesos de alienación cosificadora han sido –tanto para
los perpetradores como para sus víctimas– un proceso lento
y gradual. Para los primeros implicó la gradual masificación
de su subjetividad, la pérdida de su propioser; para los segundos,
la expropiación gradual de sus referencias materiales y espirituales,
limitados, censurados, condenados a portar la “marca” (la
Estrella de David en su ropa, y luego, el tatuaje en su piel), expropiados
hasta de su nombre, reducidos a un mero número, “animalizados”
y –finalmente– restringidos a un resto “musulmanizado”.
El prisionero, una vez ingresado al campo y habiendo sobrevivido a la
primera selección, se tornaba un cuerpo inscrito en un gran sistema
panóptico (permanentemente sometido a la vigilancia, a la mirada
del otro), además de ser cuantificado (transformado en un número)
e iconizado (inscrito en un complejo sistema de signos cosidos a las ropas),
pasos necesarios en el proceso de destrucción de la subjetividad
y de cosificación. Los campos de trabajo nazis fueron dispositivos
de poder diseñados con el objetivo de aniquilar a los sujetos.
Allí, a los judíos no se los “reeducaba”, sino
que quienes sobrevivían a las “selecciones” eran completamente
desubjetivados a través de una maquinaria cosificadora completamente
calculada: “...En los primeros tres o cuatro días, los
internos entraban como en un shock; luego, pasados ocho a diez días,
recuperaban cierta conducta autónoma, pero no volvían a
ser los mismos...”. (Charles Papiernik, sobreviviente de Auschwitz).
Quienes estuvieron “en el infierno” de los campos nazis (Papiernik)
ya no podrán salir (Elie Wiesel). Para ellos, el Lager será
una pesada carga que arrastrarán por el resto de sus vidas. Cadena
compuesta no sólo por la aterradora experiencia de su paso por
el dispositivo de poder, demoledor de subjetividades, sino –y fundamentalmente–
por la presencia permanente de las ausencias, imperativa orden dada a
las puertas de las cámaras de gas: “Sobrevive y cuenta, que
el mundo se entere”. Mandato entregado, portavoz de la memoria,
representante de quienes ya no están en un mundo que los abandonó
y no necesita que le recuerden su abandono.
Los sobrevivientes, durante cinco décadas, se estrellaron contra
un muro de silencio conformado por la indiferencia moral (y la culpa)
de un mundo demasiado judeófobo para que le importe lo ocurrido
a los judíos. Los nazis y sus cómplices aprovecharon la
apatía generalizada para trasladar a los judíos hasta las
cámaras de gas, pero fue la indiferencia del mundo lo que selló
definitivamente sus destinos. Nuevamente Papiernik cuenta que ni siquiera
la Cruz Roja se interesó por los judíos. Auschwitz fue la
mayor construcción de una sociedad sumida en una lógica
implacable, instrumental y cosificadora. Los victimarios, convertidos
en asesinos “rutinarios”, burócratas cumpliendo con
su obligación de funcionarios en la administración estatal,
guiados por una ciega obediencia heterónoma y la lógica
burocrática (en algunos casos, además, la convicción);
y las víctimas, cosificadas en la “musulmanización”,
reducidos a mera “somática”, al ámbito de las
pulsiones insatisfechas. Por otro lado –y siguiendo a Foucault –,
el mismo poder que destruye las subjetividades también tiene la
capacidad de producir (conductas y gestualidades). Y en este sentido no
debemos perder de vista que el proceso de destrucción de “lo
judío” a través del exterminio de los judíos
tenía como contrapartida el fortalecimiento de la cultura y la
raza arias. La biopolítica como instrumento de la arianización
de la sociedad, poder del Estado puesto al servicio de una industria de
la muerte, cuyo objetivo será favorecer el desarrollo de la raza
aria. Biopolítica ideológicamente darwinista, cuya función
central será el “favorecimiento de la supervivencia del más
apto” a través de la “pequeña ayudita”
de un Estado moderno puesto al servicio de un proyecto de remodelación
biológica de la sociedad. La ideología nazi fue la encarnadura
de la razón como instrumento del genocidio, razón liberada
de limitaciones morales, razón instrumental al servicio de una
“acción racional con arreglo a fines” (Weber). Esta
meta absoluta era el “triunfo de la Raza Superior”. Este objetivo,
tornado “Imperativo Categórico”, se volvió una
Ética Suprema despojada de inhibiciones morales. Finalmente, el
sistema nazi de campos era una articulada red de lugares de encierro disciplinario
y fábricas de exterminio. El disciplinamiento nazi era para todos
los guardias y prisioneros, a excepción de los judíos. Para
estos últimos (los judíos no asesinados a su llegada al
Lager), el encierro disciplinario y los trabajos forzados eran la forma
particular que asumía su propio exterminio.
En suma, el sistema de exterminio nazi será la irrupción
de la barbarie “irracional” como vehículo de plasmación
del proyecto racional de una sociedad de “iguales”: los arios.
El proceso genocida fue la puesta en marcha de una acción racional
con arreglo a fines (consagrar la supremacía aria y la eliminación
de su enemigo: “El Judío”) a través del uso
de las más modernas tecnologías de producción industrial
(la Gran Industria taylorista), en el interior de la más moderna
tecnología de disciplinamiento (el Lager), y de la implementación
del más original “invento” nazi: Der Musselmann,
el musulmán, muerto-vivo. Amenaza de deshumanización consumada
en el cuerpo del otro. Faro de lo que un sistema segregacionista, con
un proyecto biopolítico de ingeniería social carente de
inhibiciones ético-morales, es capaz de hacerle al “alter”.
Notas
1. Marx, Karl. “El trabajo enajenado”. En Marx, Karl. Los
manuscritos económico-filosóficos de 1844. Hay varias ediciones
en castellano.
2 Entendemos como Razón Absoluta a aquella Razón pretendidamente
universalista, Razón que condena al exterminio a todo aquello que
caiga por fuera de su égida, lo no comprendido, lo incluido en
la “Sin Razón” (Foucault).
3 El Estado Moderno inauguró una serie nueva de técnicas
de control poblacional, políticas de Estado cuyo objetivo era favorecer
el desarrollo de cierto grupo de habitantes de una sociedad en detrimento
de otros.
4 Judíos, gitanos, eslavos, deficientes mentales, discapacitados
físicos congénitos, etc.
* Sociólogo. Docente e investigador de la Universidad de Buenos
Aires. Miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación
Memoria del Holocausto.
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