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20 > Artículo
Una explicación
provisoria de la imposibilidad de representación de la Shoá
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Dr. José
Emilio Burucúa
Tema desarrollado por el Dr. Burucúa durante el Seminario de capacitación
docente: La Shoá y los genocidios del siglo XX que se realizó
en Fundación Memoria del Holocausto en agosto de 2002.
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“Sonidos
del silencio”, Samuel Bak. |
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[...] El concepto de Pathosformel, que Aby Warburg
acuñó a lo largo de su trabajo de décadas en torno
al arte del Renacimiento, ha de servirnos en este punto de nuestra reflexión
sobre la representación de la Shoá.1 Pathosformel,
“fórmula expresiva”, es una organización de
formas sensibles y significantes (palabras, imágenes, gestos, sonidos)2
destinadas a producir en quien las percibe y capta una emoción
y un significado, una idea acompañada por un sentimiento intenso,
que se entiende han de ser comprendidos y ampliamente compartidos por
las personas incluidas en un mismo horizonte de cultura.
Todo Pathosformel tiene por lo tanto un origen histórico preciso,
un tiempo en el cual se construyó y obtuvo su configuración
más sencilla, eficaz y precisa, un devenir que lo despliega en
la larga duración y lo ubica en el ámbito geográfico
y cultural de una tradición civilizatoria. Warburg estudió,
por ejemplo, la aparición en la Grecia arcaica, la persistencia
manifiesta en el mundo helenístico o larvada en el Medioevo y la
“vuelta a la vida” (das Nachleben) durante el Renacimiento,
del Pathosformel de la ninfa, un conglomerado perceptible-significante
que él juzgó como una de las formas fundamentales y más
tenaces de la sensibilidad europea, una imagen que sintetizaba la experiencia
de la vida joven y en movimiento, exultante y alegre o desgarrada y eventualmente
trágica, aunque siempre dinámica y contagiosa de la expansión
o agitación esenciales que anida en todo ser humano viviente.3
Fritz Saxl desarrolló la noción warburguiana y amplió
la lista de los Pathosformeln característicos del arte occidental
desde las culturas antiguas del Mediterráneo hasta la época
moderna: moderna: el hombre que lucha con el animal, el mensajero divino,
el sufriente, el contemplativo, cada cual en el momento de su despuntar
y en el desenvolverse de sus cambios o adaptaciones históricas.4
Ahora bien, Aby Warburg pensaba que los Pathosformeln eran los instrumentos
sensibles, estéticos, del proceso, más amplio que el de
la actividad artística, por el cual las sociedades que se suceden
en la historia común de pueblos y culturas tejen una civilización
capaz de producir una ciencia y un saber predominantemente racionales
y objetivos que acrecientan las fuerzas de los hombres en el dominio de
la naturaleza. Warburg sintetizaba ese devenir en la dilatación
progresiva de lo que él llamaba el Denkraum, esto es, el “espacio
para el pensamiento” que separó al sujeto humano de los objetos
del mundo circundante a partir del instante mismo en que comenzó
el fenómeno de la hominización, vale decir, la historia
de la humanidad. En ese panorama, la magia había marcado el primer
umbral del Denkraum, el mínimo necesario para que los hombres iniciasen
la construcción del medio de una experiencia común y transmisible
a través de las generaciones.
Religión y ciencia implicaron nuevos aumentos in crescendo del
Denkraum. He aquí que el arte acompañó cada fase
evolutiva y lo hizo mediante un refuerzo de aquellas ampliaciones sucesivas
por la vía del ejercicio de sus poderes sobre la sensibilidad.
Los Pathosformeln proveyeron los mecanismos para hacer evidente, sentir,
experimentar conscientemente y conocer las perturbaciones principales
de la vida, actuantes, por ejemplo, en la figura de la ninfa o del luchador.
Sin embargo, el hecho de la preservación de la potencia de las
emociones en las variantes de los Pathosformeln también permitió
un camino inverso. Pues, cuando la crisis de las sociedades, que habían
producido ya un Denkraum apto para el conocimiento científico y
el manejo lúcido y participativo de la política (la Roma
de los Antoninos, por ejemplo, o el Medioevo tardío o la época
actual del capitalismo), precipitó una disolución de esas
formas ampliadas de los umbrales cognitivo-técnicos de la vida,
las artes colaboraron en la reedición activa de umbrales más
estrechos, los de la religión primero, los de la magia en último
lugar. Los Pathosformeln exhibieron entonces su seducción sensible
con el fin de presentar la intensidad de los sentimientos más elementales
y mantenerla siempre en una cota soportable, es decir, compatible con
el Denkraum mínimo (el mágico) sin el cual no podría
haber una sociedad ni un fenómeno humanos específicos.5
Según parece, Warburg veía en el hombre a un ser primaria
y básicamente mágico, un ser que, si careciera del umbral
de la magia al producirse los estallidos y las crisis de los sistemas
socioculturales, volvería a confundirse con los animales o quizás
se convertiría en algo desconocido, probablemente monstruoso (regresaremos
a este punto en el tramo último de nuestro artículo). Lo
cual equivale a decir que el mago es la figura irreductible y primaria
de lo humano. 6 Si fuese concebible una involución destructora
del umbral mágico, asistiríamos entonces al estallido de
todos los Pathosformeln de nuestros horizontes culturales. Esa experiencia
hipomágica sería finalmente innombrable e irrepresentable,
en el más amplio alcance del concepto de representación.
Cuando Theodor Adorno dijo que ya no era posible la poesía después
de Auschwitz7; cuando Primo Levi se explayó acerca del
testimonio siempre parcial y aproximado que puede dar el sobreviviente
del Lager, quien conserva el habla y aún es capaz de contar, una
figura de sí mismo a la cual Primo contrapuso la de los hundidos,
la de los que vieron a la Gorgona cara a cara, la de los llamados “musulmanes”
en los campos, porque se habían entregado al aniquilamiento sin
retorno y sólo balbuceaban produciendo un sonido similar al de
una plegaria8; cuando Levi recordó al pequeño
Hurbinek, aparentemente nacido en Auschwitz, poseedor de una sola palabra
indiferenciada y repetida en sueños, niño muerto en marzo
de 1945 “liberado, pero no redimido”,9 en todos
esos casos lo que se expresa es, en definitiva, el escándalo estético
y existencial que implica la pretensión de representar lo ocurrido
en la Shoá.10 A partir del examen de los dilemas teóricos
e historiográficos que encierra tamaño problema, Dominick
LaCapra se ha ocupado de los límites emocionales y de los peligros
de trivialización del asunto. 11 Dos libros suyos, por
lo menos, atestiguan el hecho de un regreso inevitable al proyecto necesario,
siempre insuficiente y siempre recomenzado, de representación del
Holocausto.12 La historieta Maus, obra de Art Spiegelman, un
hijo de dos sobrevivientes de Auschwitz,13 tal vez haya sido
para LaCapra el ejemplo de una última frontera del relato, donde
la secuencia historiada de imágenes da cuenta, por un lado, del
miedo, del horror, de la crueldad, del laberinto de muerte, de la trampa
fatal sin salida en el pasado, e instala, por otro lado, de manera conflictiva
a la par que reconstituyente, todos esos temas y las emociones conexas
en el presente del judaísmo norteamericano, el ámbito de
nacimiento y vida del autor del comic.14
La conversión del drama en una fábula de animales ha introducido
la posibilidad extraña de una simplicidad abierta a la ternura
y de un acompañamiento satírico continuo de la trama. En
un libro reciente, propuse la filiación de la historieta respecto
del grotesco y de los caprichos boschianos,15 pero ahora me
pregunto si esa representación de los dramatis personae como animales
no podría derivar de una corriente revitalizada del arte judío
en la Alemania del medioevo, una línea editorial y artística
que aceptaba las imágenes zoomorfas en los libros de la
Haggadá para simbolizar las condiciones de vida del pueblo hebreo
en la antigüedad y en la Europa cristiana entre los siglos XIV y
XVII.16
Claro que al marcar un confín real con el horizonte de la risa,
Maus ha establecido un límite representativo insólito para
el tema de la Shoá, un borde desde el cual vislumbramos la posibilidad
de lo cómico, inclusive de lo carnavalesco, sin los riesgos de
deslizarnos hacia el Holokitsch de un film como La vita è bella.17
Y tal retorno de una representación, al fin siempre incompleta,
nos obliga a rever los ejemplos en los que se ha ensayado realizar imágenes
de la Shoá y se ha buscado algún modo genérico de
hacerlo, es decir, un cierto sistema formal-significativo propio del Holocausto.
Creo que habría, por lo menos, cinco de esos géneros:
1) El primero se basa en la identificación de los padecimientos
del pueblo judío, de los gitanos y de otros deportados a los campos
de concentración, con las visiones del apocalipsis y del infierno.18
Al parecer, los testimonios inmediatos de los soldados que liberaron los
campos acudieron a ese símil, en las cartas a sus parientes o en
sus declaraciones judiciales más próximas al momento del
contacto inicial con el horror. [...]
2) Los memoriales de esos millones de mujeres y hombres asesinados también
han querido recordar elíptica o directamente los hechos mediante
tres variantes de una iconografía alusiva, tres retóricas:
la de las ruinas, la de los cementerios judíos y la de la historia
de las persecuciones padecidas por el pueblo judío.19[...]
3) El tercer género trata de representar la vida extinguida, más
allá de cualquier dialéctica que nos hayan descubierto la
biología y la sociología juntas, vale decir, más
allá de un conflicto o proceso que derive de explicaciones dadas
por las teorías de la evolución y de las metamorfosis en
la naturaleza y en la historia (aunque pensemos en una dialéctica
del dolor y de las redenciones postergadas como las que nos han expuesto
Benjamin, Adorno y Horkheimer)20. El fundamento que Lawrence
Langer asignó a todo arte posible del Holocausto –una poética
de la redefinición de símbolos familiares en términos
de suciedad, destrucción y ausencia–21 se da con particular
intensidad en este tercer género que representa “las víctimas
perdidas, el significado perdido de su desaparición, el Dios perdido
a la hora de certificar algún solaz para este drama espantoso de
un pueblo calcinado”, y de tal suerte realiza “la paradoja
de la presencia conocida sólo merced a la ausencia, heredad de
los sobrevivientes del Holocausto que perdieron a sus familias”.22[...]
4) Nuestro cuarto género comprende las representaciones realizadas
in situ por artistas que fueron testigos directos de la Shoá, sobrevivientes
los menos, mártires completos la mayor parte, entre quienes incluiremos
a los niños dibujantes y pintores de Terezín. Las obras
de los muertos son escenas o alegorías de la prisión, de
las deportaciones, de la vida en las barracas, de los prolegómenos
de la matanza, vale decir que, en ellas, el fin es sólo amenaza
presentida y suele asumir la forma de una desesperación transmitida
por el peso visual de las sombras o la opresión de los espacios
interiores representados. Las imágenes de los sobrevivientes también
ilustran las condiciones de la vida cotidiana en los Lager, los castigos,
las humillaciones en la marcha de los prisioneros al trabajo forzado,
pero han preferido centrarse en los momentos y lugares abisales del Holocausto,
el ingreso a las cámaras de gas y la actividad alrededor de los
crematorios, captados por lo general desde el espacio exterior, salvo
unas pocas excepciones que exhiben los instantes finales de mujeres y
de hombres asesinados con el gas. En ambos grupos, encontramos sobre todo
artistas ya formados antes de llegar a los campos. [...]
5) El quinto y último género, que designaremos documental
en un sentido restringido, corresponde a las fotografías tomadas
en los campos: a) durante el Holocausto y b) después de la liberación.
a) Las primeras fueron, en su mayoría, captadas por los médicos
del equipo del Dr. Mengele y por fotógrafos nazis que trabajaban
en los dos laboratorios montados en Auschwitz y encargados de llevar el
registro en imágenes de lo que ocurría en el campo (en un
principio, la oficina llamada Servicio de Reconocimiento, dirigida por
la Gestapo; luego, a partir de la adopción de la Endlösung,
la sección fotográfica de la Oficina de Construcción
que era responsable de erigir las cámaras de gas y los crematorios
–la Bauleitung–, bajo la dirección de las SS). Del
mismo lugar, se conserva un puñado de tomas clandestinas realizadas
por un grupo de resistencia. Aquéllas y éstas se salvaron
de la destrucción gracias al coraje y la astucia de unos pocos
prisioneros.23
b) Las fotos posteriores a la liberación son o bien fotogramas
de un film rodado por los soviéticos en Auschwitz, Crónica
de la liberación de Auschwitz, o bien tomas efectuadas por periodistas
polacos en ese Lager, por militares americanos y británicos, generalmente
aficionados, en Dachau, Mauthausen y Bergen Belsen. Consideremos las imágenes
captadas por los nazis. Gerhard Schoenberger decía en 1960 al respecto:
“La gente fotografiada aquí no tenía otra alternativa
que dejarse fotografiar. Los fotógrafos se esforzaron por fotografiar
a sus sujetos tan desfavorablemente como fuera posible”,24 pues
querían reunir documentos para confeccionar álbumes en los
que los oficiales superiores de las SS pudieran confirmar, por una parte,
su opinión acerca de la inferioridad de los prisioneros destinados
a la ejecución en masa (rapados, harapientos, ridículamente
vestidos, agrupados como ganado y siempre enfrentados a los hombres de
uniformes impolutos, bien calzados en sus botas, solos o en pequeños
grupos, pero rodeados del vacío suficiente para sentirse libres
y moverse con holgura) y, por otra parte, advirtieran el orden y la eficacia
de los métodos aplicados a la matanza sistemática. Y si
en las fotos de la rampa de Auschwitz los dueños de la cámara
lograron quizás hundir a los individuos en una masa de más
en más indiferenciada hacia el fondo, asimilable a la de pequeños
seres vivos que apenas se mueven en sus sitios, paralizados por el miedo
de una expectativa sin esperanza, cuando hicieron las tomas de los judíos
húngaros, mujeres, niños, viejos, que aguardan en los alrededores
de las cámaras, fotos conservadas en el album de Lili Jacob, entonces
nada pudo aquel esfuerzo señalado por Schoenberger: los cuerpos
todavía vivos componen un cuadro absurdo de la dignidad humana.
[...]
[...] Las fotos clandestinas, obtenidas a mediados de 1944 por personas
del grupo de resistencia que formaron varios miembros del Sonderkommando
en Auschwitz (aparentemente fue el prisionero griego Alex quien apretó
el disparador de la máquina), están movidas pero alcanzan
a revelar dos escenas desgarrantes, la primera, la marcha de mujeres desnudas
hacia las cámaras de gas, la segunda, la remoción e incineración
de los cadáveres a cielo abierto.25 El temblor, la urgencia,
la mezcla de arrojo y miedo de Alex se perciben en las imágenes
borrosas y la realidad retratada asume esos caracteres, como si estuviera
desintegrándose, primero, para rearmarse, luego, escandalosamente
iluminada por el día, incomprensible en su estabilidad, nunca vista
ni en sueños de pesadilla. [...]
[...] En el último corpus que señalamos, el de las fotos
tomadas por militares aliados y por periodistas polacos tras la liberación,
volvemos a encontrar los procesos estéticos que acabamos de describir
(“estéticos” en el sentido de lo que pertenece más
bien al orden de lo percibido que de lo artísticamente representado).
[...] [...] Volvamos al final de nuestra argumentación warburguiana.
Parecería que hemos podido mostrar cuáles han sido las consecuencias
culturales de la Shoá desde una perspectiva fundada en la teoría
histórica de la transmisión, persistencia, metamorfosis
y creación de formas visuales de gran fuerza emocional y cognitiva
–los Pathosformeln– como parte de un proceso de aumentos y
contracciones del Denkraum entre el umbral mínimo de la magia y
la cota máxima de la tecnología moderna. Pero la explosión
verificada de los Pathosformeln ante el fenómeno histórico
del Holocausto nos coloca de cara a una etapa desconocida en el devenir
de las sociedades y de las civilizaciones, una época de desintegración
del Denkraum que, en el mundo concentracionario nazi, sufrió un
desgarramiento impensado: se conservó en su máximo sólo
como una tecnología pura, una racionalidad operativa divorciada
de toda racionalidad ética, 26 que buscó una
eficacia impar en la matanza sistemática de seres humanos; y abolió,
al mismo tiempo, el mínimo mágico cuando lanzó a
millones y millones de personas a una vida de terror sin límites,
de un miedo absoluto, al cerrarles toda posibilidad de huida o de defensa
a muerte. Las víctimas del Holocausto no tuvieron siquiera las
chances del lobo en el poema de Alfred de Vigny, no pudieron sentir que
reverberase en sus mentes el destello de ninguna grandeza, como la de
aquella exhortación que el poeta se reservó para los animales:
“Sufre y muere sin hablar”.27 Giorgio Agamben ha
descorrido el velo de esa monstruosidad, ha revelado el límite
no-humano de lo humano28 y nuestra digresión supone
haber hallado una propiedad de esa región indecible. Y la propiedad
vislumbrada es precisamente el colapso de los Pathosformeln disponibles
en la representación de la Shoá29. Claro que
nuestra indagación también nos ha enseñado que las
artes no renunciaron a explorar los hechos del Holocausto hasta el agotamiento
de los Pathosformeln a su alcance, aun a sabiendas de que quizás
nunca nos sea dado construir el Pathosformel desconocido de la Shoá,
simplemente porque allí, en ese ámbito de lo hipomágico
no-animal y no-humano, se ha extinguido el Denkraum que es condición
sine qua non de las representaciones. Pero nada de eso impide que aquella
necesidad de explorar la Shoá permanezca para siempre viva e imperiosa30.
1 Aby Warburg, La Rinascita del Paganesimo Antico. Contributi
alla storia della cultura, Florencia, La Nuova Italia, 1966. Estudio introductorio
por Gertrud Bing.
2 Para un ensayo de ampliar el concepto al análisis histórico-cultural
de la música, véase Burucúa, Corderos y elefantes.
La sacralidad y la risa en la Europa de la modernidad clásica.
Buenos Aires, Madrid. Ed. Miño y Dávila, pp. 470-472, 2001.
3 Warburg, op.cit., pp. 4-58. Italo Spinelli y Roberto Venuti (org.),
Mnemosyne. L’Atlante della memoria di Aby Warburg, Roma, Artemide
edizioni, 1998.
4 Fritz Saxl, La vida de las imágenes. Estudios iconográficos
sobre el arte occidental, Madrid, Alianza, 1989.
5 Aby M. Warburg, Images from the Region of the Pueblo Indians of North
America, Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1995. Traducción
y ensayo interpretativo por Michael P. Steinberg.
6 Roger Labrousse, Del mago al burócrata, Buenos Aires, Raigal,
1955. Libro de extraordinaria lucidez y belleza sorprendente, que he conocido
gracias a la Dra. Enriqueta Bezián-Busquets. Vaya mi reconocimiento
a la colega distinguida de la Universidad Nacional de Tucumán.
7 Eduardo Grüner, El sitio de la mirada. Secretos de la imagen y
silencios del arte, Buenos Aires, Norma, 2001, p. 26.
8 Primo Levi, I sommersi e i salvati, Turín, Einaudi, 1986, pp.
72-73. Acerca del personaje del “musulmán” y del significado
antropológico de su experiencia, véase Giorgio Agamben,
Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo sacer III, Valencia,
Pre-Textos, 2000, pp. 41-89.
9 Primo Levi, La tregua, Turín, Einaudi, 1963, pp. 21-23.
10 Ricardo Forster, El exilio de la palabra. En torno a lo judío,
Buenos Aires, Eudeba, 1999, pp. 237-246.
11 Para una discusión historiográfica alrededor de las relaciones
entre la Shoá y el estatuto de verdad de los textos históricos,
véase Roger Chartier, Au bord de la falaise. L’histoire entre
certitudes et inquiétudes, París, Albin Michel, 1998, pp.
108-125, especialmente sus objeciones a la teoría “retórica”
de Hayden White.
12 Dominick LaCapra, Representing the Holocaust: History, Theory, Trauma,
Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1994; History and Memory after
Auschwitz, Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1998. Acerca de
esta recurrencia de la representación en el plano del lenguaje,
véase el trabajo de Raúl Levin sobre el poema Simiente de
lobo por Paul Celan, en Psicoanálisis. Revista de la Asociación
Psicoanalítica de Buenos Aires, vol. XXII, nº 2 dedicado a
Violencia visible e invisible, 2000, pp. 375-385. Del mismo Levin, “Hacia
un psicoanálisis de lo indecible”, en Psicoanálisis
en la Clínica y Práctica actuales (actas del XXIII Simposium
y Congreso Interno de la Asociación Psicoanalítica de Buenos
Aires), Buenoa Aires, noviembre de 2001, tomo II, pp. 327-344.
13 Art Spiegelman, Maus. Historia de un sobreviviente. I. Mi padre sangra
historia. II. Y aquí comenzaron mis problemas, Buenos Aires, Emecé,
1994.
14 D. LaCapra, History and Memory... op.cit., pp. 139-179.
15 Burucúa, Corderos... op.cit., pp. 52-53.
16 Elliott Horowitz, “Existe-t-il un art juif? Le peuple de l’image:
Les juifs et l’art”, en Annales, Histoire, Sciences Sociales,
mayo-junio 2001, pp. 665-684.
17 D. LaCapra, History and Memory... op.cit., p. 141. La referencia al
film de Benigni es mía.
18 Para una discusión de este topos, véase Omer Bartov,
War, Genocide and Modern Identity, Oxford, Oxford University Press, 2000,
cap. 4: “Apocalyptic Visions”, pp. 143-212.
19 James E. Young, The Texture of Memory. Holocaust Memorials and Meaning,
New Haven y Londres, Yale University Press, 1993.
20 Walter Benjamin, Angelus Novus, Barcelona, Edhasa, 1971, sobre todo
las “Tesis de filosofía de la historia” y “Para
la crítica de la violencia”, pp. 77-89 y 171-199. Max Horkheimer
y Theodor W. Adorno, Dialéctica del iluminismo, Buenos Aires, Sudamericana,
1969, pp. 15-59.
21 Lawrence Langer, Preempting the Holocaust, New Haven y Londres, Yale
Univertsity Press, 1998, pp. 82-84.
22 Ibidem, p. 95.
23 Los detalles se encuentran en Swiebocka, Webber & Wilsack, op.cit.,
pp. 34-42. Auschwitz. A history in Photographs, Indiana University Press,
1995.
24 La cita es del libro de Schoenberger, La Estrella Judía, y aparece
en los posters de la exposición “Un día en el ghetto
de Varsovia”, organizada por el Museo de la Shoá en Buenos
Aires con las 129 fotografías que Heinz Jöst, un soldado alemán,
tomó de aquel lugar en 1941.
25 Swiebocka, Webber & Wilsack, op. cit., pp. 42-43 y 172-175.
26 Erich Kahler, Historia Universal del Hombre, México, FCE, 1965,
passim.
27 Alfred de Vigny, Les Destinées, “La mort du loup”,
III, vv. 14-16. El poeta cazador imagina que el animal, herido de muerte,
le dice estas palabras: “Haz enérgicamente tu largo y pesado
trabajo / En el camino donde la suerte ha querido llamarte, / Luego, como
yo, sufre y muere sin hablar”.
28 G. Agamben, op.cit., pp. 141-142. Lo que queda de Auschwitz. Pre-texto,
2000.
29 Ruptura entonces de la “dialéctica de lo monstruoso”
que, aunque radicalmente tensa y contradictoria, permanecía bajo
control psíquico y social dentro de los límites conceptuales
y sensibles de los Pathosformeln. Al desintegrarse éstos, al derrumbarse
la posibilidad de una coexistencia conflictiva de la sempiterna dualidad
cultural, ha quedado libre un monstruo desconocido, indescriptible, resistente
a cualquier intento de representación, opaco a cualquier esfuerzo
de iluminación, mezcla letal de maldad responsable y locura. Véase
George Didi-Huberman, “Dialiektik des Monstrums: Aby Warburg and
the symptom paradigm”, in Art History, vol. 24, nº 5, noviembre
de 2001, pp. 621-645.
30 Saul Friedlander ha roto una lanza en favor de esta expectativa que
no cesa ni se agota, la única que habrá de mantenernos alertas
ante el apaciguamiento al que nos convoca el frisson del Holokitsch, un
sentimiento que reproduciría el núcleo de la vida emocional
estimulada por el nazismo. Véase Saul Friedlander, Reflections
of Nazism. An essay on Kitsch and Death, Bloomington e Indianápolis,
Indiana University Press, 1993.
* La presente publicación
integra el trabajo “Reflexiones sobre la pintura de Guillermo Roux,
la noción del Pathosformel y un explicación provisoria de
la imposibilidad de representación de la Shoah”.
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