Fundación Memoria del Holocausto
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Un debate en torno a la Shoá y la memoria alemana

Marcio Seligmann-Silva

Debate público en torno a la memoria del Holocausto. El valor ético de la memoria. Cuestionamiento a la propuesta de una conciencia alemana positiva.

"En una época marcada por la indiferencia frente a cuestiones de gravedad ética, los debates se ausentan de la escena pública. Sin embargo, entre noviembre de 2001 y enero de 2002, las páginas de las revistas Mais! y Folha de Brasil fueron protagonistas de un importante debate en torno a la memoria del Holocausto. En primer lugar, Mais! dio a conocer un artículo de Hans Ulrich Gumbrecht, profesor de la Universidad de Stanford (U.S.A) en el que se sostenía la necesidad de abandonar la fijación respecto del Holocausto para, en cambio, promover una conciencia positiva en Alemania. Al poco tiempo aquel artículo era replicado en Folha por el profesor Marcio Seligmann-Silva, un destacado estudioso de estética de la Universidad Estadual de Campinas (San Pablo, Brasil). En esta ocasión publicamos la contestación de Seligmann a Gumbrecht pues ella incluye importantes puntos acerca del valor ético de la memoria. Creemos que la pasión de estos debates alimenta el trabajo de la memoria por el que bregamos."
Pablo Dreizik

Una falsa alternativa

Hans Ulrich Gumbrecht, en su articulo sobre “El Holocausto y la Conciencia Alemana”, publicado en Mais! el 25 de noviembre, defiende la posición del eminente teórico de la literatura y discípulo de Heidegger, Karl Heinz Bohrer. Bohrer defendió, en mayo de este año, en una tribuna que tuvo repercusiones polémicas en Alemania, una re-orientación de la conciencia histórica alemana en el sentido de una apertura hacia una “memoria de larga duración” en oposición a la fijación a la “memoria reciente”, que para él tendría un tono moralizante.

Según Gumbrecht, Bohrer tendría razón al acusar de ‘fijación’ a la opinión publica sobre el Holocausto y defender las posibilidades de una ‘conciencia histórica nacional’ positiva. Al final Bohrer pretende, con la apertura hacia la historia más remota, abrir fuentes para identificaciones más positivas respecto del pasado nacional. Citando a Bohrer, Gumbrecht habla también de la búsqueda de una “autoconciencia que no tenga que mirar más al costado”. Si Bohrer se opone de modo explícito a Habermas, Gumbrecht niega, contra Jan y Aleida Assmann, la utilidad del proyecto de fundar una memoria que tendría como núcleo el Holocausto.

Este proyecto, que tendría un cuño iluminista, estaría “vacío y por eso sería estéril además para, por sí mismo, justificar la conciencia de una nación”, incluso afirma él. Bohrer y Gumbrecht niegan ese sentido normativo del Holocausto y, al defender la ‘profundización” de la conciencia histórica alemana, se empeñan en la dirección de la famosa ‘historización del Holocausto’ que marcó los debates entre los intelectuales en la Alemania de los años ochenta.

Creo que Gumprecht incurre en una doble confusión en su argumentación. En primer lugar, la memoria del Holocausto no es ‘apenas’ una cuestión de debates intelectuales y no puede ser simplemente aceptada o descartada con un argumento acerca de su ‘utilidad’. En segundo lugar, debemos primeramente diferenciar del modo más claro el plano de la memoria del de la historiografia, para no cometer simplificaciones. Apenas tengamos en vista la diferencia de esos dos registros podremos pensar en una historiografía elaborada más próxima a las cuestiones políticas y éticas que habitan el núcleo de la memoria colectiva.
Una normalización de la conciencia histórica apunta a un apaciguamiento del pasado que se vuelve plenamente integrado al flujo temporal. Es a esa normalización que Bohrer -con otros intelectuales alemanes- apunta. En Brasil vivimos innumerables veces este proceso de normalización de nuestro pasado: véase el discurso tradicional de la historia sobre la conquista del país e incluso sobre la esclavitud.

Ecuación simplista. Es absurdo reducir la memoria del Holocausto o de cualquier otra tragedia histórica a un proyecto de ‘normalización’ de las catástrofes. No existe algo así como un ‘plano’ por detrás de los procesos de la memoria colectiva. Ella se establece por ondas e interactuando con el discurso historiográfico. Es verdad que, desde el punto de vista de las víctimas, no existe una explicación suficiente para la barbarie, pero es el papel del historiador buscar sus causas. Es verdad también que se articula un interesante y rico discurso sobre la memoria del Holocausto- blanco de la crítica de Bohrer- que se inserta dentro de un movimiento de articulación del pasado desde el punto de vista de una ética y de una política de la memoria.

Ese tipo de movimiento también puede ser percibido en la importancia que las cuestiones de los derechos humanos alcanzan hoy en día y que trazan un nuevo abordaje para cuestiones antes tenidas como ‘internas’, tales como la explotación del trabajo esclavo, los etnocidios o las guerras. No veo lo que tiene de condenable este proceso, muy por el contrario. El único peligro son los fundamentalismos: pero no se puede reducir toda memoria a esa clave, y además de eso debe haber un espacio para la confrontación de memorias y la historiografía está allí también para enmarcar -de modo no-autoritario, dialógico- esos discursos.

La defensa de una reconquistada autoconciencia ‘limpia’ alemana no puede pasar inocentemente por una ecuación simplista que, de más en más, confunde los registros de la historiografía con los de la memoria. Es claro que todo historiador tiene el derecho y el deber de volverse hacia cualquier fase de la historia alemana que él quiera. Pero ¿por qué Bohrer acerca esa disputa de la memoria de las víctimas y de los perpetradores a la de sus descendientes?. Es claro que esa ‘profundización’ apunta, en verdad, a un encubrimiento.

La queja acerca de una ‘atrofia de la conciencia nacional’ y la defensa de una reconstrucción de la imagen total de la historia alemana es una cuestión de memoria colectiva que encarna un núcleo tanto ético como político. En el campo de la memoria entra de modo explícito la cuestión de la culpa, de la responsabilidad, de la excepcionalidad del evento, del voluntarismo de los ejecutores, del juzgamiento de los culpables, etc. La historiografía debe aproximarse a estas cuestiones, pero debe también mantenerse distante de toda mistificación del pasado: sea por el lado de los ejecutores, sea por el de las víctimas.

El registro de la memoria humaniza el de la historiografía y plantea cuestiones ‘morales’ -contra lo que quieren Bohrer y Gumbrecht- y también influye de modo explícito en nuestra relación con el pasado.

Gumbrecht habla como miembro de una generación de alemanes que tuvo que construir su identidad a partir de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y de una pesada autoconciencia nacional. Para esa generación muchas veces la única forma de librarse del peso del pasado fue un exilio interno o externo

Tentativa artificial. La reunificación alemana, la globalización que trajo un nuevo e importante papel geopolítico para Alemania y la destrucción posmoderna de las ideologías universales engendraron un nuevo momento de articulación de la memoria colectiva de ese país -y de otros- que han generado debates profundos y apasionados que son dignos de todo respeto y atención. Para citar un ejemplo: nunca una nación construyó un monumento en homenaje a sus víctimas como el que será construido en el centro de la capital alemana, a algunos metros de la Puerta de Bradenburg, símbolo de la unidad nacional. Un artista de la calidad de Anselm Kiefer o cineastas como Werner Herzog, Fassbinder y Wim Wenders, bien conocidos por todos, también nos presentan partes importantes de ese “trabajo de la memoria” siempre plurilingüe, contradictorio y tenso.

Una cuestión que no puede ser eludida es que ese pasado de medio siglo, todavía es reciente o suficiente para formar parte de nuestra memoria colectiva y por tanto, no puede ser atropellado por una tentativa artificial de tejer una nueva conciencia histórica ‘positiva’. En suma : aún tenemos mucho debate por delante y es cierto que las cuestiones políticas y éticas no deberían mantenerse fuera de ese debate.

Trad. del portugués de Pablo Dreizik; de Mais! (16-12-01), con autorización del autor.


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