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Testimonio de un sobreviviente Aizikl Machabanski
(Z’’L) Persecución, deportación a Posen/Demsen y luego a Auschwitz. Barracas, hacinamiento, castigos, torturas y trabajos forzados en minas y carreteras. Finalmente, el escape de una “marcha de la muerte”.
Tuve una infancia feliz en el seno de mi familia en Belchatow, Polonia. Eramos una familia judía, sin grandes dificultades. Asistí a la escuela primaria y luego aprendí el oficio de tejedor. Mi existencia y mi futuro parecían asegurados, pero con la llegada de Hitler y las persecuciones antisemitas, todo fue destruído y solo quedaron enfermedades y tristeza. Inmediatamente después del inicio de la guerra fuimos obligados a llevar la estrella de David. Mi casa fue saqueada, no podíamos caminar libremente por la calle porque la circulación por ella estaba prohibida para los judíos. Fuí obligado a realizar trabajos forzados en el campo Posen/Demsen, donde fuí empleado en la construcción de carreteras. Estabamos bajo el control alemán, quien exigía sin piedad un ritmo de trabajo imposible. Fuimos alojados en barracas de madera y dormíamos de dos en dos en catres de tres pisos. Usábamos nuestra propia ropa, ya que nos permitieron traer las nuestras de casa. Nuestro alimento consistía en 200 gr. de pan, una sopa de agua, un poco de margarina del tamaño de un terrón de azúcar, y una media cuchara de mermelada. Eramos 800 a 1000 judíos, cercados por un alambre de púas. Trabajábamos 12 horas diarias en trabajos físicos muy pesados. Evitábamos estar heridos o enfermos ya que no había atención medica; así murieron muchos de nosotros por enfermedades, heridas o por el intenso frío. La muerte se convertía en un suceso cotidiano. Para atormentarnos aun más teníamos que estar de pie durante la “llamada” dos veces cada día y cuanto más frío hacía, más tiempo nos obligaban a estar afuera. El hambre y el agotamiento nos desesperaban; un día un jovencito se atrevió a huir del campo para pedir comida afuera pero fue atrapado y ahorcado como castigo, frente a los ojos de todos nosotros. Entre el campo y el puesto de trabajo había una distancia aproximada de 3 kilómetros, que debíamos recorrer corriendo, y no había clemencia para quienes no pudieran hacerlo. Nos golpeaban sin piedad, con todo lo que tuvieran a mano. Aún hoy puede verse en mi cabeza una cicatriz, resultado de una feroz e inexplicable paliza. A pesar de que nuestras condiciones de trabajo eran inhumanas no nos daban ni un minuto para descansar, todo era cronometrado por reloj. Un día, cargando arena y al no estar la vagoneta en el minuto ordenado, recibí un golpe de puño en la cara que me rompió los dientes. Cuando volví al campo, paradójicamente, como castigo no obtuve comida y fuí luego enviado al dentista por el jefe del campo, quien me extrajo mis fundas de oro porque estaba prohibido que los judíos llevaran oro.
En 1943 fuí deportado a Auschwitz. Eramos entonces casi 14.000 seres humanos pero cuando llegamos, inmediatamente en el andén, se realizó la primera selección y de mi transporte quedaron 1.500 hombres y los demás, desafortunados, fueron enviados directamente a las cámaras de gas. Tuvimos que desnudarnos completamente, nos quitaron las ropas, fuimos conducidos al baño y rasurados en todo el cuerpo. Por falta de espacio, permanecimos en cuclillas por trece días y noches en un desván y con un techo tan bajo que no nos podíamos incorporar. El alimento era muy escaso y dado el estado en que nos encontrábamos, nos convertimos en “animales devorando comida”. Después de 13 días fuimos llevados afuera, debíamos permanecer de pie mientras jefes de la SS elegían a los más fuertes para trabajar. Fuí enviado a las minas de carbón donde me dieron el traje rayado, el uniforme. Allí nos condujeron desde el sector principal de Auschwitz. Cuando bajamos del carro nos golpearon furiosamente y al día siguiente tuvimos que empezar con el trabajo debajo de la tierra. Nuestro ritmo diario era siempre el mismo. Nos levantábamos a la madrugada, buscábamos el café con 200 gr. de pan por persona y sometidos a golpes, comíamos, para ser luego conducidos a los pozos, donde nos golpeaban sin razón y con un odio demoníaco e indescriptible. En las minas no había SS sino civiles alemanes, allí trabajábamos de 6 a 16 horas. De regreso al campo nos dejaban bañarnos para luego, y bajo los golpes, tener que arrastrar pesadas piedras, sin ningún objetivo, solo por sadismo, de un lado del patio al otro hasta las 18 horas y finalizar con una sopa aguada, que era toda nuestra comida. Tampoco la noche era tranquila. Por pura vejación y humillación, nos bajaban de los catres para arrastrar piedras, o golpearnos. El odio era indescriptible, los domingos también teníamos que trabajar. Recuerdo uno de esos días en el que remolcamos un pesado cable de 600 metros de longitud; como la orden del Kapo no fue entendida por nosotros, ya que estabamos muy lejos, éste quería matarnos. Yo me ofrecí entonces para colaborar y retransmitir la orden, por lo que me golpeó con su puño en el ojo, y mi cara se cubrió de sangre. Tanta crueldad y sufrimiento no puden ser descriptas con palabras... Aún estando muy enfermo, me presentaba a trabajar por temor a ser “eliminado”. Cada par de semanas había selecciones, los enfermos o débiles eran asesinados, pero a nosotros nos decían, para engañarnos, que eran enviados a “recuperación”. Por el desván en el que pasé 13 días en cuclillas, ubicado a metros de la cámara de gas, y por una rendija, veíamos la llegada de los transportes franceses y oíamos el llanto desgarrador de las madres con sus niños mientras eran conducidos a las cámaras de gas. ¿Cómo puedo describir nuestro sufrimiento? Fuimos víctimas y testigos directos de estas escenas de muerte. Hay un sufrimiento del alma que nunca podrá expresarse en palabras. A principios de 1945 fuimos conducidos a pie fuera del campo en dirección a Gleiwitz, en una “marcha de la muerte”. Hubo una terrible tormenta de nieve y no nos dieron nada para comer. Moríamos de hambre y sed, pero quien intentaba levantar un poco de nieve para mojarse los labios era fusilado en el acto. Era una escena siniestra, a los costados de la carretera yacían cientos de muertos. Por la noche fuimos conducidos a una fábrica de ladrillos, en la cual tuvimos que esperar hasta la madrugada sentados en el suelo, hasta que nos dirigieron a Rauden donde llegamos al mediodía. Allí logré, junto con un jovencito llamado Markovich, escapar a una granja. Yo logré sobrevivir, pero el joven fue descubierto y fusilado. Permanecí en los bosques, donde viví escondido hasta que los rusos me liberaron como esqueleto vivo. Luego de mi liberación me quedé en Alemania hasta el año 1951 cuando logré emigrar a la Argentina. En 1947 me casé, y tuve dos hijos, Jaim Lipman y Enrique. Aún hoy, soy un hombre sufriente, que no puede olvidar las humillaciones, el hambre y los castigos que padeció a manos de los nazis. Pero conservo la fe y la esperanza en un mundo mejor. Traducido al castellano por Lic. Philipp Mettauer.
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