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La historia del
buque Saint Louis: Margalit Bejarano El episodio más famoso en la historia de los refugiados judíos antes de la Guerra, símbolo de la insensibilidad del mundo libre para con las víctimas del nazismo. Introducción: El trasfondo histórico
En mayo de 1939, el buque de pasajeros St. Louis partió del puerto de Hamburgo con destino a La Habana, llevando a más de 900 refugiados judíos que buscaban asilo ante la persecución de la Alemania nazi. El viaje fue cuidadosamente preparado por el Ministerio de Propaganda alemán, a cuyo frente se hallaba Joseph Goebbels, con el fin de demostrar al mundo que Alemania estaba dispuesta a permitir el libre movimiento de los judíos que lo deseasen y, al mismo tiempo, poner en evidencia la negativa de los países democráticos a recibirlos. Los medios de difusión de todo el mundo siguieron con gran atención el viaje trágico de ese barco, que se vio obligado a volver a Europa cuando el gobierno cubano negó a los refugiados la autorización para desembarcar en el puerto de La Habana. Con el tiempo, este se convirtió en el episodio más famoso en la historia de los refugiados judíos antes de la Segunda Guerra Mundial, y en símbolo de la insensibilidad del mundo libre para con las víctimas del nazismo. Al asumir el poder el 30 de enero de 1933, el Partido Nacional-Socialista alemán declaró la guerra total contra el pueblo judío, al que veía como una raza inferior que amenazaba infectar la raza aria y atentar contra su superioridad. Los judíos alemanes, totalmente identificados con su patria e integrados a todas las esferas de su economía, su sociedad y su cultura, se convirtieron de un solo golpe en minoría perseguida por el partido gobernante. La discriminación adquirió expresión legal mediante gran número de leyes y decretos; las Leyes de Nuremberg (del 15 de septiembre de 1935) revocaron definitivamente la ciudadanía de los judíos y prohibieron los matrimonios entre arios y judíos, a fin de preservar la pureza de sangre de los alemanes. [...] Hasta octubre de 1941, la política de la Alemania nazi fue obligar a los judíos a abandonar el país, con el fin de purificar el Reich volviéndolo judenrein. Hasta 1938, la emigración judía de Alemania había sido gradual. El gobierno perseguía a los judíos y los forzaba a marcharse del país, pero colaboraba con sus organizaciones en la busca de países a los que fuera posible la inmigración legal. Para desgracia de los judíos, la mayor parte de los países que habrían podido acogerlos sufrían en ese entonces las consecuencias de la crisis económica mundial y una gran desocupación, y estaban gobernados por fuerzas nacionalistas que procuraban impedir toda inmigración. Los Estados Unidos habían adoptado una política de restricción inmigratoria ya a comienzos de la década de 1920, cuando se fijaron cuotas anuales a la inmigración de diversos países, y el resto de los estados americanos la imitaron cerrando sus fronteras. En cuanto a Eretz Israel, adonde muchos deseaban dirigirse, estaba gobernada por el Mandato Británico, el cual impuso también limitaciones muy severas a la inmigración, debido a la oposición árabe al crecimiento de la población judía. [...] Al mismo tiempo que la emigración era impuesta
por la fuerza a los judíos, la Gestapo puso en práctica
una política destinada a dificultar su salida voluntaria del país
en el marco de la cual no impidió que los representantes consulares
de los países latinoamericanos vendieran a los judíos certificados
ilegales de inmigración, cuyos elevados precios les permitían
disfrutar de una vida de lujo.2 El aparato de propaganda de Goebbels colaboró
con la Gestapo en esa obstaculización, mediante una campaña
antisemita intensiva en los países de destino, cuyo fin era que
la opinión pública de los mismos se opusiera al ingreso
de refugiados judíos. Al viaje del St. Louis precedió una
feroz campaña antisemita en los medios de comunicación de
Cuba, cuyo objetivo era preparar una recepción hostil a los refugiados
y servir a los intereses de la propaganda nazi. La política inmigratoria de Cuba La política inmigratoria de Cuba fue configurada por la concepción nacionalista de la revolución de 1933, que consideraba al extranjero como amenaza a la mano de obra nativa. La base legal de la política migratoria fue la Ley de Nacionalización del Trabajo (noviembre de 1933), que estableció que por lo menos un 50% del total de trabajadores en toda empresa existente debía ser cubano, y que en los lugares de trabajo nuevos o que se desocupasen en el futuro debería emplearse exclusivamente a cubanos. El significado de esa ley era el cierre de las puertas de Cuba a todos los inmigrantes cuya subsistencia dependiera del trabajo asalariado. La inmigración continuó abierta para los familiares de residentes permanentes que podían garantizar su subsistencia, y particularmente para los dueños de capitales que podían vivir de renta o establecer sus propios negocios. El segundo principio que guiaba a los encargados de la migración en Cuba era impedir el ingreso de inmigrantes que pudiesen constituir una carga pública, para lo cual estos debían depositar una suma de dinero que garantizaba su manutención en caso de necesidad; el dinero sería devuelto al inmigrante cuando éste abandonaba el país o a los dos años de su ingreso al mismo. [...] El comienzo del problema de los refugiados en Cuba Los primeros refugiados judíos llegaron a Cuba en 1936 en calidad de viajeros en tránsito, que no tenían el propósito de establecerse en el país sino de permanecer en él sólo por un tiempo limitado. Se trataba de refugiados alemanes que ingresaron a los Estados Unidos con visas de turista y deseaban modificar dicho status. La ley norteamericana les exigía salir del país y tramitar su visa de inmigrantes en el marco de la ley de cuotas. [...] Por iniciativa del Joint (American Jewish Joint Distribution Committee), organización de ayuda a judíos necesitados cuya central se hallaba en Nueva York, en 1937 fue creado un comité local cuyo objetivo era atender las necesidades de los refugiados durante su permanencia en La Habana. Este Joint Relief Committee (en adelante: JRC) representaba a los refugiados ante las autoridades de migración cubanas y ante el Consulado General de EE.UU., y los ayudaba a obtener visas y a retornar a los Estados Unidos. El comité estaba integrado por varios miembros respetables de la comunidad judía cubana de origen norteamericano; el secretario y alma mater de la organización era Jacob Brandon. [...] La propaganda antisemita en contra de la inmigración judía El ascenso de Hitler al poder estuvo acompañado de la creación de un gigantesco sistema de propaganda que difundió la ideología nazi y antijudía por todo el mundo. En América Latina, esta Ausland Organization se servía de las colectividades alemanas como base para su actividad. En el caso de Cuba, dicha colectividad era pequeña, y los agentes nazis tuvieron dificultades en reclutar cubanos en su servicio. Su propagandista local más importante fue Juan Prohías, fundador del Partido Nazi Cubano, quien, a cambio de grandes sumas de dinero, difundía la ideología nazi a través de la radio y la prensa. Los alemanes lograron su mayor influencia entre los elementos antisemitas de la colectividad española, a través de los cuales canalizaron la propaganda adversa a la inmigración judía. Durante la Guerra Civil Española, esa colectividad se dividía entre partidarios de la república y partidarios del nacionalismo; si bien estos últimos constituían una minoría, eran adinerados y pertenecían a la alta burguesía cubana. El representante más destacado de los franquistas era José Ignacio (Pepín) Rivero, director del Diario de la Marina, católico conservador dedicado a la organización financiera y política del apoyo al fascismo español y sus aliados europeos. Rivero puso su red periodística al servicio de la campaña antijudía. La propaganda antisemita en Cuba estaba respaldada por la Gestapo, que por una parte expulsaba a los judíos de Alemania y por la otra se ocupaba de prepararles una recepción hostil en los países hacia los que se dirigían. El responsable de financiar la campaña antisemita era Louis Clasing, director de la compañía Hapag-Hamburg Amerika Linie en La Habana, que obtenía pingües ganancias de su asociación con Benítez en la venta de los permisos. Poco antes del arribo de la nave St. Louis, los ataques contra la inmigración judía alcanzaron proporciones sin precedentes. La oficina del JRC recibió información sobre un fondo de comerciantes españoles profascistas que financiaba la propaganda antisemita, y sobre un programa de disturbios antijudíos. El cónsul norteamericano informó sobre 14 agentes nazis llegados a Cuba en el mes de mayo camuflados como refugiados judíos, quienes trabajaban en la difusión de propaganda antisemita por medio de los empleados de la empresa Hapag. El rabino de la colectividad judeo-norteamericana relató en su testimonio que algunos refugiados que asistían a su sinagoga identificaron entre el público a dos de sus guardianes en el campo de concentración.6 [...] El Gobierno Cubano contra la Embajada Alemana [...] El St. Louis partió del Puerto de Hamburgo el 13 de mayo con 943 pasajeros a bordo, de los que 936 eran refugiados judíos. En vista de la información que poseían tanto las organizaciones de inmigrantes judíos en Europa como los familiares de esos refugiados en Cuba, es difícil suponer que los pasajeros del St. Louis ignoraban los cambios en las leyes de inmigración. A pesar de ellos, sólo 22 de ellos lograron cambiar sus permisos por visas regulares; los demás debieron confiar en las promesas de la empresa Hapag, en el sentido de que los permisos adquiridos antes del 5 de mayo seguían siendo válidos. De hecho la Gestapo, que tenía interés en que el barco zarpase, no dejó a los pasajeros otra alternativa que salir de Alemania en ese buque. Ya en alta mar, el capitán Gustav Schroeder debió acelerar la marcha a fin de adelantarse a otros dos buques que en principio debían llegar antes que el suyo: el francés Flandre, entre cuyos pasajeros había 104 refugiados judíos, y el inglés Orduña, con 154 refugiados. El Ministerio de Propaganda alemán, que acompañó los preparativos del St. Louis con una gran publicidad en la prensa mundial, no quería afectar la dramática entrada de éste en el puerto de La Habana en el momento en que todos los medios de comunicación internacionales estaban enfocados hacia allí.
El St. Louis llegó al Puerto de La Habana el sábado 27 de mayo a las 4 de la madrugada. El presidente Laredo Bru emitió una orden especial que le prohibía entrar al puerto, y una lancha policial lo escoltó hacia fuera del mismo. La policía costera prohibió al Comisionado Benítez subir al barco; los documentos de los pasajeros fueron examinados por funcionarios de la Secretaría de Estado en el barco mismo. Según informó el Diario de la Marina, su objetivo era verificar las acusaciones relativas a visas y pasaportes falsificados. El New York Times escribió que 12 diplomáticos y cónsules cubanos fueron depuestos de sus cargos bajo acusación de haber concedido visas a los pasajeros del St. Louis sin la autorización requerida.7 [...] La firme determinación del gobierno tuvo expresión en el decreto 1168 del 1º de junio de 1939, firmado por el Presidente y por el Secretario de Hacienda Joaquín Ochotorena. En la introducción del decreto se decía que las disposiciones sobre inmigración han sido burladas por los pasajeros y por la empresa alemana. Se trata de personas que fueron obligadas a abandonar su país por razones políticas, y no es posible reconocerles el status de turistas que viajan por placer. La permanencia de la nave en el puerto de La Habana se había convertido en una verdadera perturbación del orden público y por ende el gobierno había decidido una medida sin precedentes: Requerir al Sr. Luis Clasing en su carácter de Agente de Hamburgo Amerika Linie (...) para que proceda a dar inmediatamente las órdenes oportunas para la salida, en el propio día del requerimiento, del buque St. Louis, conduciendo a bordo cuantos pasajeros en él se encontraran y cuyo desembarco no hubiese sido autorizado (...) En el caso de que dicho Agente se negase a dar tales órdenes (...) las fuerzas de la Marina de Guerra Constitucional (...) procederán a conducir el repetido buque St. Louis (...) fuera de las aguas jurisdiccionales de la Nación.8 [...] El juego con el destino de los refugiados [...] La salida del St. Louis del puerto, escoltado por lanchas de la policía cubana, constituyó uno de los momentos culminantes del drama que se desarrollaba en la costa de La Habana. Aún antes de que llegase el buque, el puerto se llenó de parientes y amigos ansiosos por el destino de sus seres queridos. Cuando la nave fue alejada del atracadero, los familiares alquilaron lanchas para ir hacia ella, y trataron de hablar por señas y a gritos con quienes se hallaban en cubierta. Mientras tanto, en el puerto se iba congregando toda la comunidad de refugiados, y quizás toda la comunidad judía de Cuba. También había allí no judíos, que contemplaban el conmovedor espectáculo que constituía el tema del día en la calle cubana. Reina Pérez recuerda que en una clase de cívica me pusieron esta pregunta: Qué cree Ud. (...) se debe dejar entrar a los hebreos del St. Louis o no? 9 Sólo 22 refugiados recibieron autorización para desembarcar, luego de que sus documentos fueron reconocidos por los funcionarios de Inmigración. El número 23 fue Max Lowe, quien se cortó las venas y se lanzó al agua; las autoridades portuarias lo enviaron al hospital. Ese intento de suicidio confirmó las advertencias del capitán Schroeder sobre una posible ola de suicidios a bordo. Otros seis refugiados bajaron de la nave diez minutos antes de que ésta zarpara, luego de que dos abogados norteamericanos les consiguieron visas con la ayuda del Embajador de Cuba en Estados Unidos. Quedaron a bordo 907 refugiados. El 2 de junio, el St. Louis zarpó rumbo al océano,
escoltado por una guardia de lanchas policiales. La despedida de los refugiados
de sus parientes que quedaban en La Habana fue un espectáculo desgarrador.
El Habana Post lo describió: En pequeñas lanchas van
y vienen sus cónyuges o sus hijos [que estàn en cubierta].
Algunos los oyeron, otros no. Algunos lograron gritar un ahogado auf
wiedersehn con forzada alegría; otros, exhaustos, no podían
hablar (...) Una frase era repetida con obstinación: ¡Ustedes
no serán enviados de vuelta a Alemania!. 10 Mientras el St. Louis se abría lentamente camino hacia Europa, la directiva del Joint hizo esfuerzos febriles para evitar el regreso de la nave a Hamburgo y encontrar asilo para sus pasajeros fuera de Alemania. Bélgica recibió 214 refugiados, Holanda 181, Inglaterra 287 y Francia 224. El buque Flandre debió retornar al puerto de partida de Francia, y a los refugiados del Orduña se les halló finalmente asilo en la zona del Canal de Panamá.12 Como se sabe, los pasajeros del St. Louis (salvo los que desembarcaron en Inglaterra) no se salvaron del destino que les habría aguardado si hubiesen vuelto a Alemania: tras la invasión nazi a Europa occidental, muchos de ellos fueron enviados a campos de exterminio. Pero, en aquel momento, parecía que se habían salvado. [...] Conclusión El episodio del St. Louis fue la dramática culminación de la lucha por el ingreso de refugiados judíos a Cuba. Su viaje exhibicionista, destinado a servir los intereses de la Alemania nazi, se convirtió en un desafío abierto al gobierno de Cuba presidido por Laredo Bru y a su capacidad de imponer su política. Aun quienes criticaron con dureza la ideología racista del nazismo, como el Secretario de Estado Juan J. Remos, colaboraron con el Presidente al prohibir a los refugiados judíos el desembarco en Cuba; los defensores fanáticos del nacionalismo laboral, encabezados por el Secretario de Trabajo Portuondo, actuaron influidos por la propaganda antisemita. Y quienes pretendían defender la ley y los intereses del país, eludieron la responsabilidad moral que este caso planteaba. La inmigración a Cuba fue posibilitada solamente por quienes esperaban recibir soborno, y se realizó en forma extraoficial, aprovechando las fisuras de la ley. El único que habría podido ayudar al St. Louis ante la oposición del Presidente Laredo Bru era el Comandante en Jefe Fulgencio Batista, pero la aceptación de soborno a plena luz o la defensa de un asunto impopular habrían puesto en peligro su carrera personal. Otro factor que habría podido cambiar el destino de los pasajeros del St. Louis era el gobierno de los Estados Unidos, pero ni las autoridades en Washington ni sus representantes en La Habana estaban dispuestos a desviarse de la política del buen vecino. Su abstención de tomar partido en un asunto al que estuvieron ligados etapa tras etapa, constituyó de hecho una intervención disfrazada en favor de la expulsión de la nave. El Consulado en La Habana aceptó la posición del Presidente cubano y culpó del fracaso al representante del Joint, Lawrence Berenson. Pero es evidente que, pese al poder económico que se le atribuía, Berenson, al igual que los pasajeros del St. Louis, no fue sino un juguete en manos de fuerzas mucho más poderosas. El episodio del St. Louis se convirtió en símbolo de la actitud del mundo libre hacia los refugiados judíos en la época del Holocausto. Desde el punto de vista de Cuba, fue el portazo final en la cara de los judíos alemanes, tres meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Fragmentos seleccionados del trabajo La historia del buque St. Louis: La perspectiva cubana, de Margalit Bejarano, investigadora y docente de la Univ. Hebrea de Jerusalem
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