Fundación Memoria del Holocausto
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La actitud del gobierno de Vichy hacia los judíos

Prof. Abraham Huberman

La política del gobierno títere de Vichy en Francia hacia los judíos durante la guerra, y las razones de "profilaxis nacional" que argumentaban para la deportación.

Monumento en memoria de los 80.000 judíos deportados de Francia, rodeado de un bosque de 80.000 árboles (Moshav Roglit, cerca de Jerusalem).

Pierre Laval, un traidor a su país

Pierre Laval, (1883-1945) Ministro de Asuntos Exteriores del gobierno títere de Vichy, Francia durante la ocupación alemana. Fue juzgado por alta traición y ejecutado. Comenzó su carrera dentro del Partido Socialista francés, para abandonarlo en 1920, después de finalizada la Primera Guerra Mundial.

Ocupó diversos cargos políticos, siendo Primer Ministro en 1931 y en 1935. También fue designado Ministro de Relaciones Exteriores. Producida la derrota de Francia en 1940, integró el gabinete del mariscal Petain. Desde el comienzo del régimen de Vichy –liderado por Petain– se destacó como entusiasta partidario de la colaboración con la Alemania nazi, pues estaba seguro que ya había ganado la guerra frente a todas las pruebas en contrario.

Por esa razón, si Francia quería sobrevivir como nación, debía alinearse junto con los vencedores, es decir, con Alemania e Italia. No era una excepción. Muchos pensaban así en Francia a comienzos de los años cuarenta. Más aún, sostenían que había sido un gravísimo error enfrentarse a Alemania, alineándose junto a Inglaterra y otras naciones que querían defender el régimen democrático. Para Laval y otros como él, el fascismo y sus principios debían ser la guía. Si no lo hicieron, fue porque… “los judíos lo impidieron, creando un clima propicio para la desintegración que trajo como resultado la derrota de Francia”.

“Por esa razón, los judíos debían pagar la cuenta porque eran directamente responsables”. No fue la desastrosa conducción del ejército francés, la debilidad de los gobiernos que pactaron con Hitler (Munich, 1938), entregándole a Hitler una región de Checoslovaquia, con la complicidad del gobierno inglés, presidido por Chamberlain. Apenas constituido el gobierno colaboracionista en agosto de 1940, derogó el decreto Marchandeux de 1938, que prohibía y penalizaba la incitación al odio racial y religioso. Ahora, hacer eso era legítimo. Lo original fue que, esa iniciativa, así como el Estatuto de los Judíos que salió en octubre de ese año y luego ampliado en 1941, fue una exclusiva iniciativa francesa.

A los alemanes les resultaba mucho más cómodo que fueran las autoridades francesas las que emitieran leyes antijudías. Luego, ellos las ejecutarían. Al principio, todo el peso de la acusación recayó sobre los inmigrantes judíos y luego sobre todos los demás. Es interesante destacar que Laval se basó, para justificar sus medidas antijudías, en la prohibición vigente en los Estados Unidos al ingreso de judíos.

Después de todo, “la mayor democracia del mundo hace lo mismo que nosotros…”

Por lo tanto, ya no era suficiente con encerrar en campos de concentración a los inmigrantes judíos, tal como hicieron al principio, incluyendo entre los internados a muchos que se habían presentado como voluntarios para luchar contra Alemania, sino que era necesario deportarlos a sus países de origen en el Este, pues “constituyen una amenaza terrible para el orden”. La deportación significaba Auschwitz, la muerte.

Al finalizar la guerra, huyó a España, desde donde fue extraditado. Sometido a juicio, fue condenado como traidor a Francia, siendo fusilado en octubre de 1945.

 

Sobre la deportación de los judíos de Francia
Traducción: Myriam Kesler

Telegrama despachado por Pierre Laval, el 30 de setiembre de 1942, a todas las embajadas francesas.

“Las medidas que la preocupación por nuestra propia protección nos obliga a tomar contra los judíos, originan comentarios maliciosos y fábulas calumniosas que no hemos de dejar sin réplica. Al instruir a Uds. sobre las razones y el alcance de dichas medidas, los datos que siguen os permitirán contrarrestar los ataques de una intriga dispuesta a no retroceder ante ninguna maniobra con tal de desfigurar nuestras intenciones y nuestros actos.

La campaña de 1940 hizo afluir en los territorios nuestros que se habían salvado de la invasión, a gran parte de los israelitas establecidos no solamente en la zona ocupada, sino también en los Países Bajos, en Bélgica y en Luxemburgo. Este flujo trastornó profundamente el equilibrio demográfico de una región que –sumando ya numerosos judíos procedentes de Europa Central desde 1930– vio repentinamente crecer la población de origen hebreo hasta un porcentaje excesivo.

En el seno de esta masa heterogénea, los apátridas constituyen un elemento claramente peligroso. Deprimidos por las tribulaciones sufridas, estos desarraigados, agrupados en núcleos compactos o bien dispersos en el país, permanecen al margen de la economía sana, viviendo únicamente de ilícitos. Accesibles a los impulsos de una propaganda perniciosa, ellos son todos factores de desmoralización y discordia y aun de disturbios. Los poderes públicos faltarían a sus deberes si se mostraran indiferentes ante una amenaza tan temible para el orden. Los poderes públicos llegaron pues al convencimiento de que la única manera de conjurar el peligro era repatriar estos individuos al Este de Europa, su lugar de origen.

El movimiento ha empezado. Se lleva a cabo por familias, vale decir, los niños menores con sus padres, excepto si éstos prefieren partir solos. Ajeno a todo pensamiento oculto doctrinal e inspirado únicamente en la preocupación por la profilaxis nacional, sólo tiende a liberar nuestro suelo de la presencia de inmigrantes que se han introducido en él en demasía en el transcurso de los últimos años.

Este operativo no lleva bajo ningún concepto el carácter de una persecusión. El asunto, además, atañe únicamente a nuestra soberanía. No vamos a tolerar injerencia en este terreno. Asimismo, los intentos de inmiscuirse de tal modo, proceden de países que no nos ahorran ni sermones ni críticas pero –limitando su contribución a estos reproches– siguen cerrando sus puertas a la inmigración hebrea. Entre ellos, por ejemplo, los Estados Unidos, que buscan ocultar su posición evasiva con el pretexto que ellos mismos ya alcanzaron hace mucho el punto de rechazo en esta materia.

Esta es la finalidad de las medidas tomadas hacia los judíos apátridas. En cuanto a los judíos franceses, quedan sencillamente sometidos a las incapacidades de que son pasibles por las leyes vigentes.”

* Páginas 455 y 456 de los archivos del Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia (ref. C 139).


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