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Homenaje a Giorgio Bassani Prof. Ana M. Cartolano Autor que construyó una narrativa de la memoria de un horror caído de improviso sobre la vida cotidiana de la burguesía.
El 13 de abril de 2000, después de un largo período en el que su mente fue sumiéndose progresivamente en las sombras, murió en Roma Giorgio Bassani. Bassani había nacido en 1916 en Bologna, pero Ferrara será su ciudad desde la infancia. Miembro de una familia acomodada de la comunidad judía, las leyes raciales de 1938 promulgadas por Mussolini significaron para él, como para el resto de los 2000 judíos ferrareses, un cambio radical de vida. Separado de su novia católica, excluido de los círculos donde alternaba con la juventud de la alta burguesía y practicaba deportes, también se le cerraron las puertas de la Biblioteca Ariostea, un ámbito cultural que funcionaba desde 1747 en un ala del palacio Paradiso y que constituía para él, como estudiante de Letras, un centro de estudio casi insustituible. Arrestado en 1943 por actividades antifascistas, permaneció algunos meses en prisión, y después de su excarcelación a fines de ese año se marchó a Florencia donde vivió con un nombre falso para evitar ser deportado. Sus parientes de Ferrara habrían de terminar casi todos en Buchenwald. Esa herida de 1938 estará presente en su obra para toda la vida. De ella provendrá ese sentimiento ambiguo, polivalente, de amor y de odio, de rencor y de remordimiento hacia su ciudad, Ferrara, y la idea de la precariedad de una condición humana que, como la hebrea, siempre está a punto de derrumbarse, porque el pogrom, el rechazo que proviene del goi, siempre es posible, a cada instante. El eterno tema de Bassani es el del pueblo de Israel, vinculado a un destino de exclusión y de muerte, a una discriminación que tiene raíces historiográficas, no bíblicas. Con esto se conecta directamente su declaració de 1969: «El fascismo me ha servido para comprenderme a mí mismo, para comprender el lugar en el que he nacido». A primera vista, la lectura de Bassani puede dar la impresión de una excesiva limitación del ángulo visual, de una predilección exclusiva por Ferrara, por el judaísmo ferrarés, y por un período rigurosamente circunscripto que va de 1936 al final de la Segunda Guerra Mundial: el período de las leyes raciales, del transcurso de la guerra, de la declinación y final del régimen fascista, de las deportaciones, de la resistencia y de la inmediata posguerra. Sin embargo esa impresión es engañosa. A través de la observación de un sector aparentemente limitado, Bassani lleva a cabo una profunda exploración de la situación existencial del hombre y una interpretación del mundo. Esa exploración de la realidad humana va acompañada de un sentimiento de intensa piedad, una actitud de compasión que presupone el convencimiento de que la verdadera y más grande desventura consiste en hacer el mal, no en sufrirlo. Fundiendo íntimamente lo que es fruto de la invención con lo que está históricamente documentado, la narrativa de Bassani no dio, sin embargo, ninguna representación directa de la Shoa: su pudor respetó siempre el carácter «indecible» de aquella catástrofe, o al menos dejó la misión de representarla a quienes habían vivido directamente la experiencia. Los personajes hebreos de Bassani heredaron el pudor de su autor: «no está allí apartados, exigentes, pidiendo el justo resarcimiento de los irreparables daños sufridos; por el contrario ofrecen colaboración, amor, comprensión, y tienen aquella dosis de civilidad interior que distingue a las grandes razas y a las nobles religiones.»1 Tal es la actitud inicial de Geo Josz, protagonista de «Una lápida en Via Mazzini», una de las Historias de Ferrara. Unico sobreviviente de un grupo de 183 judíos ferrareses deportados por los nazis en el otoño de 1943, Geo reaparece en Ferrara casi dos años después, justo en el momento en que es colocada en la fachada de la sinagoga una lápida con los nombres de los caídos, entre los que figura el suyo. Enseguida es considerado como una presencia molesta ¿Por qué ha vuelto del reino de los muertos? ¿Quiere quizás recordarles a todos lo que sucedió y, sobre todo, hacerles sentir que todos, fascistas y antifascistas, son igualmente culpables? Los primeros, por haber actuado en forma criminal, los segundos por haber permitido que se actuase de un modo tan abominable. Mientras tanto, la vida retoma lo que considera que son sus derechos, se abren salas de baile y los restaurantes se llenan de gente. En este contexto, la presencia de Geo constituye un momento intolerable para la «normalidad» de una sociedad que volverá a excluirlo hasta conseguir su desaparición. Culpable de recordar una aberración colectiva, Geo se transforma en un elemento incómodo, en el mal histórico que hay que olvidar. Bassani analiza cuidadosamente el comportamiento singular de Geo y su incapacidad para adecuarse a una situación nueva y distinta que implica la abjuración, o al menos el olvido de los sufrimientos morales, imposibles de compensar. Y preserva, como lo hace en todas sus historias, ese elemento misterioso y enigmático que existe siempre en el hombre y en los sucesos humanos. 1: Massimo Grillandi, Invito alla lettura di Giorgio Bassani. Milano: Mursia, 1972, p.103. Una lápida en Via Mazzini (fragmento) (...) Entre el asombro, la inquietud y la alarma generales, Geo volvió a aparecer vestido, grotesco como un espantapájaros, con la misma indumentaria que llevaba al regresar de Alemania en agosto del 45, incluido el kolbak y la cazadora de cuero. Le quedaban tan anchos ahora - y él, claro está, no debía haber hecho nada por adaptárselos- que parecían colgados de la percha de un armario(...) Y así, a partir de esa mañana y sin que nunca más volviera a cambiar de traje, Geo se instaló - pudiéramos decir que de forma estable- en el Café de la Bolsa en el corso Roma donde, uno a uno, comenzaban a dejarse ver, no precisamente los recientes torturadores y asesinos de la Brigada Negra a los que unas condenas, por lo demás ya «inactuales», mantenían todavía escondidos, aun alejados, sino los antiguos apaleadores, los dispensadores de las purgas del 22 y del 24, a los que la última guerra había arrollado y echado al olvido. Cubierto de andrajos, él miraba desde su mesa a aquellos grupitos con cierto aire entre desconfiado e implorante (...) ¿Qué quería Geo Josz?, comenzaron a preguntarse muchos. Porque el tiempo de incertidumbre y perplejidad, el tiempo -¡casi heroico parecía ahora!- en el que para adoptar la más pequeña decisión era preciso cortar, como suele decirse, cada cabello en cuatro, aquel tiempo lleno de romanticismo de la inmediata postguerra, tan propicio a problemas morales y a exámenes de conciencia, no podía por desdicha volver ya. ¿Qué quería Geo Josz? Era la antigua pregunta, sí, pero formulada sin temores secretos, con la impaciente brutalidad que la vida, ansiosa de sus derechos, imponía adoptar ahora.(...) por eso, eran ya muy raros los clientes del Café de la Bolsa capaces de llevar a cabo el esfuerzo de levantarse de sus sillones de mimbre, recorrer los pocos metros necesarios y sentarse, al fin, junto a Geo(...) ¡No era posible, exclamaban, conversar con un hombre disfrazado! Y, por otra parte, si le dejaban hablar a él, inmediatamente comenzaba a contar cosas de Fossolo, de Alemania, de Buchenwald, del fin de todos los suyos: y continuaba así horas enteras, sin que uno supiera cómo escapar. Y mientras Geo hablaba allí, en el Café, bajo el toldo amarillo que abofeteado de través por el siroco a duras penas lograba proteger las mesitas y sillones del rigor del sol postmeridiano, no se podía hacer otra cosa que seguir con la mirada los movimientos del obrero ocupado, allí delante, en llenar de cal los agujeros existentes en el parapeto del Foso del Castillo, producidos por los fusilamientos del 15 de diciembre de 1943(...) Y entretanto, Geo repetía las palabras que su padre le había murmurado en un soplo antes de derribarse extenuado sobre el sendero que llevaba desde el lager a la mina de sal donde trabajaban juntos; y, no contento con eso, rehacía a continuación el leve gesto de adiós que su madre le había dirigido en la sombría estación de llegada, en medio del bosque, mientras se la llevaban con las demás mujeres; y seguidamente hablaba de «Pietruccio, su hermanito menor, sentado junto a él en la oscuridad del camión que desde la estación rodeada de pinos los llevaba a las barracas del campo, y que de pronto se había extinguido así, sin un grito, sin un lamento, sin que pudiera saberse el porqué , ni entonces ni nunca...Horrible, desgarrador, se comprende. Pero en todo ello había algo de excesivo -declaraban unánimes cuando salían de esas interminables y deprimentes sesiones no sin honradamente admirarse, todo hay que decirlo, de su propia frialdad- de falso, de forzado. ¡Quién sabe, tal vez sea culpa de la propaganda!, añadían para excusarle. Verdad es que a su debido tiempo se habían oído tantas historias de ese tipo que ahora, al serles propinadas una vez más cuando el reloj del Castillo estaba tal vez llamando para la comida o la cena, uno no lograba, francamente, evitar cierta sensación de hastío e incredulidad. ¡Como si embutirse en una chaqueta de piel y colocarse un gorro también de piel sobre la cabeza, bastase para hacerse escuchar con más atención! Durante todo el resto del 46, el 47 y buena parte del 48, la figura cada vez más harapienta y desolada de Geo Josz no cesó de estar presente ante nuestros ojos. En las calles, en las plazas, en los cines, en los teatros, en torno a los campos de deporte, en las ceremonias públicas. Si uno volvía la cabeza, allí estaba: incansable, con aquella perenne sombra de melancólico asombro en su mirada, como si no buscase otra cosa que trabar conversación. Pero todos huían de él como de la peste. Nadie comprendía. Nadie quería comprender. De retorno de Buchenwald, con el espíritu torturado aún por la ansiedad y la angustia, era muy comprensible -admitían por lo general- que permaneciese de buena gana en casa o que, al salir, buscase instintivamente los callejones tortuosos de la ciudad vieja, las oscuras y estrechas callejas del ghetto (...) Pero que a continuación, desechando el traje de gabardina que la sastrería Squarcia, la mejor de la ciudad, le había confeccionado a medida, sacase de nuevo su lúgubre uniforme de deportado y se dedicase a aparecer dondequiera que hubiese gente con ganas de divertirse o, simplemente, con sano deseo de salir del pozal de esa sucia postguerra, de seguir delante de alguna manera, de «reconstruir»: ¿qué excusa podía haber para una línea de conducta tan extravagante y ofensiva?(...) Giorgio Bassani, «Una lápida en Via Mazzini». En: ri (poemas 1942-1950), Le storie ferraresi(1960), Il giardino dei Finzi-Contini(1962), Dietro la porta (1964), Le parole preparate e altri scritti di letteratura (ensayos,1967), Lairone (1968). |
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