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Lástima
que sólo recuerde las nutrias
Diana Wang
In memoriam
Oskar Schindler
Lo que más me gustaba eran las nutrias. Recostada
en el borde las miraba nadar en el barro. Nadaban incansablemente en esa
acequia sin fin que, como un mandala endiablado, persistía en desembocarse
en sí misma. Las nutrias no sabían
que no había salida.
- ¿Por qué nadan las nutrias? - le pregunté
a mi mamá que, siempre que no sabía que decirme decía
lo mismo: - Es la naturaleza, nena, la naturaleza.
- Pero si no van a ningún lado... ¿por qué nadan
todo el tiempo? - insistía
- ... es lo único que saben hacer.
Me pasaba horas viéndolas pasar una y otra vez. Creo que más
que ese nadar incesante y desesperado, como de ahogado, eran los ojos
que me atraían, eran ojos asustados, huidizos, que evitaban mirarme,
ojos paranoicos, atentos, nerviosos, extraviados, bolitas de vidrio marrón
que giraban con increíble velocidad hacia uno y otro lado; como
un fascinum que te tenía atrapada.
Recostada al borde de la acequia me pasé horas intentando contarlas,
pero no pude. No se diferenciaban unas de otras, en todas la misma mugre,
la misma desesperación, los mismos ojos desarticulados. Pensé
marcarlas de alguna manera, por lo menos a una, para empezar por ella
y ver cuántas había, como hacían con las vacas o
los caballos.
Pero no sabía cómo se hacía una cosa así,
nunca había visto una yerra ni sabía que se podía
tomar un hierro al rojo y dejar una marca indeleble sobre la piel. Tomé
entonces una maderita y la puse sobre la cabeza de la primera que pasó
y empecé a contar. Iba por doscientos cuando me di cuenta que se
le había caído.
Me pasé la tarde obsesionada con la idea de contarlas, de saber
cuántas eran. Podría haberle preguntado a Frau Emilie o
al señor con el que hablaban los grandes debajo de la galería,
pero por alguna razón que no comprendí en aquel momento,
debía descubrirlo sola. No pude. Nunca las pude contar. Ni la primera,
ni ninguna de las otras veces que estuve.
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Oskar
Schindler |
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La vez siguiente, pretendí reconocerlas por
su tamaño, descubrir cuáles eran adultas y cuáles
no, si se juntaban algunas con otras, si habían machos y hembreas,
si habían familias. Tampoco pude llegar a ninguna conclusión.
No tenía el método ni la constancia necesaria. Mi última
visita fue la más concreta. Ya había hecho mis averiguaciones.
Sabía que lo único cierto era que estaban encerradas y que
las iban a matar. Me propuse esa tarde encontrar la manera de que pudieran
escapar.
La quinta quedaba en San Vicente, en el medio del campo. Ibamos por una
ruta y después tomábamos un camino secundario. Cuando nos
tocaba estar en el auto de atrás teníamos que cerrar todas
las ventanillas porque si no nos llenábamos de tierra. Era toda
gente grande. Menos yo. La única otra hija del grupo era Halina,
pero ya era mayor, como de dieciocho y nunca quería venir. A mi,
como era chica, no me preguntaban. Ni bien se veían los cipreses
que bordeaban la quinta gritaba:
- ¡Voy yo! - lanzándome del auto, levantaba el gancho de
fierro y empujaba la tranquera con tdas mis fuerzas.
Nos recibía la mirada ajada de una mujer flaca y alta. Andaba siempre
con un batón descolorido, de esos que se venden en las tiendas
de pueblo, triste y llovido.
- Guten Tag Frau Emilie - la saludaban.
- Está allí - decía en castellano y señalaba
el alero al costado de la casa. La primera vez bajó los ojos y,
cuando todos hubieron pasado, se me quedó mirando mientras yo cerraba
la tranquera. No sabía si era la esposa o la cocinera.
- Ella tampoco sabe - pensó más que dijo esa noche mamá.
Papá replicó: - No le hagas caso, está embrujada,
como todas las otras.
- ¿Quién está embrujada? - pregunté.
- Tu mamá, ¿quién va a ser? - dijo en medio de una
carcajada - No sé que tiene ese hombre, las tiene locas...
El hecho es que los grandes entraron y nadie se ocupó de nosotras
que no teníamos nada que hacer juntas.
- Hay nutrias allá señaló vagamente.
Pasé cerca de la casa. Vi a los grandes sentados bajo el alero
alrededor de ese hombre. En casa se hablaba de él con veneración.
Ceremoniosos, duritos, formales, insulsamente respetuosos, le hacían
preguntas, escuchaban con atención sus respuestas, alzándolo
en el altar con sus miradas. Cada una de sus palabras sería recordada,
analizada y comentada minuciosamente en los días subsiguientes.
- Ayer estuvimos en la quinta de Schindler - le dije el lunes a Olguita,
mi compañera de banco.
Pero no me prestó ninguna atención. En esos días
no era conocido ni famoso. No era como Pascualino Pérez o Fangio
o Perón o Gina Lollobrigida o Nicola Pavone. Nadie fuera de nosotros,
los que íbamos a la quinta de San Vicente, parecía saber
de su existencia. Sólo para nosotros era importante. Para el resto
del mundo no era nadie.
Le empecé a hablar a Olguita sobre las nutrias, le conté
de mi plan de liberarlas y ahí sí me escuchó con
atención.
- Me recorrí toda la acequia. Es chica. Da una vuelta alrededor
como de una isla y nada más. Mirá, así - y le hice
un croquis-. Encontré un arroyito por donde le entra agua; no sé
de dónde viene ese arroyito, de afuera me parece, pero tiene una
tranquera, así, ¿ves?, las nutrias no pueden pasar por ahí,
¿me entendés?, nadan y nada pero dan vueltas, no pueden
salir.
- ¿Por qué querés que se escapen? - me preguntó
Olguita - no decís que son feas como ratas, ¿para qué
las querés?
- No sé - le dije. No podía explicarle lo que en ese momento
y en ese contexto para mí todavía no tenía explicación
- ... para jugar, para hacer algo... no sé.
Pero era más que eso; era algo ligado al poder, la fascinante sensación
de dominar sus vidas, como estar sobre un escenario, o salir en Radiolandia,
como ser un hipnotizador o ganar la Grande. No importaba que sólo
fueran ratas; la idea de planear su liberación igual me hacía
sentir importante. "¿Cuál sería el papá?",
"¿Tendrán una familia igual que nosotros?" "¿Habrá
mamás, papás, hijitos, tíos, primos, hermanos...?",
"Esa chiquita nunca se despega de la que tiene una mancha negra sobre
el ojo derecho..."
¿Serán madre e hija? Si conseguía dejar salir a alguna
mejor que fuera un grupo, algunas que fueran amigas o familiares para
que no se sintieran solas, para que no extrañaran a nadie... Yo
decidía quien viviría y quien no. Me sentía como
una heroína de película dispuesta a rebelarme, a hacer algo
que podía ser castigado y soñaba con glorias y laureles.
Pero fue sólo un juego. Nunca me animé a dejar escapar alguna.
Y siempre tuve remordimientos: y si la nutria con la mancha negra sobre
el ojo derecho era de verdad la mamá de esa chiquita que no se
le despegaba? Nunca lo supe. Tal vez la chiquita tenia miedo, no quería
que la separaran de su mamá. Tal vez las mataron juntas, las desollaron,
clavaron sus pieles en maderas y después las cosieron en algún
sacón suave y lujoso.
Lástima no haberme atrevido. Lástima, además, no
haber prestado más atención a la cosas. Lástima no
haber guardado en mi memoria la cara de Schindler, alguna anécdota,
una pequeña frase, algo que me permitiera salir al mundo y gritas
¡Eh! ¡Mírenme! ¡Yo también lo conocí...entrevístenme
a mi! Sólo una imagen borrosa de un hombre rubincudo y bonachón
con un vaso de whisky a continuación de la mano y las voces de
las mujeres chismorreando acerca de sus amantes.
Halina había estado en Cracovia con su mamá y su papá.
Tuvieron suerte: no era yo quien miraba la escena de su debatirse inútil.
¿Viste la película? - le pregunté. Todo Buenos Aires
habla de ella; el mundo entero aplaudía los premios de la academia
de Hollywood. No. No puedo verla. Tengo miedo de que sea demasiado. O
demasiado poco.
¿No sabés si estás allí?
- Sí, soy la nena que le trae la torta de cumpleaños.
- ¿Cuál? ¿La adolescente a la que besa delante de
todos los nazis?
- ¡No, esa no! La chiquita, la que le trae la torta.
Dude en interrumpir su silencio.
- Nunca quisiste venir a la quinta.
- No, ¿vos?
- Sí, me llevaban, yo no entendía nada, no me daba cuenta
de nada, ni siquiera me acuerdo bien de él.
- ¿De verdad no te acordás? - me preguntó incrédula.
- De verdad, lástima ¿no?, sólo recuerdo las nutrias.
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